• Crítica de Hidden Figures / Talentos Ocultos
    Publicado el 2 Febrero, 2017 por Migue Fernández

    Katherine Johnson es una brillante matemática afroamericana que se desempeñó como una de las mentes principales detrás del histórico lanzamiento del astronauta John Glenn a la órbita.

    En una época en que las tensiones raciales en Estados Unidos se han reavivado, películas como Hidden Figures son oportunas, más allá de la opinión que merezca el resultado final. Nada lo muestra mejor que todas las nominaciones a los premios de la Academia para ella, Moonlight, Fences, Loving, 13th, OJ Made in America o I Am Not Your Negro, lo que supone una respuesta a las reacciones generadas por la edición 2016 conocida como “Oscars Blancos” y a la falta de diversidad. Talentos Ocultos es una feel good movie de manual, con más pretensiones que méritos, que junta a un elenco de caras conocidas para dar una clase sobre una porción no explorada de la historia norteamericana.

    Taraji P. Henson, la ganadora del Oscar Octavia Spencer y la cantante Janelle Monáe componen el trío central y alma de la película, cada una brillante en lo suyo y con una personalidad bien distinta. La primera es siempre la más inteligente de la habitación, una matemática y física capaz de avergonzar a todos los hombres que la rodean con sus cálculos precisos, pero que debe lidiar constantemente con los límites de una institución segregacionista. La segunda es una suerte de madre para todas las jóvenes afroamericanas que trabajan como calculadoras humanas, quien también sufre los abusos de una NASA que la emplea como supervisora pero no lo hace en forma oficial. La última es una mujer punzante y directa que busca una capacitación incesante, pero que choca contra la discriminación profundamente enclavada en todo el sistema político, educativo y judicial.

    Hay una constante en la historia y tiene que ver con una sociedad racista que es incapaz de separar la genialidad del color de piel, algo que en este caso corre por dos lados porque también se trata de mujeres. Pero Hidden Figures tiene un exceso de demostraciones de este tipo, redundando sobre cuestiones que se conocen desde el primer momento. No deja de ser increíble que esta clase de situaciones hayan ocurrido hace poco más de medio siglo, pero la película se toma su tiempo en lograr que algunas de las mentes más destacadas del país empiecen a ver a sus pares como tales. Y es por eso que elige enfocarse una y otra vez en todas las barreras raciales que debe afrontar el trío principal en cualquier aspecto de su vida, pero sobre todo en el laboral. Algunas son abordadas con tono humorístico y aligeran el clima, como la carrera diaria de media hora y un kilómetro para que la protagonista pueda llegar al baño de personas de color, pero es en definitiva una permanente vuelta sobre lo mismo.

    Tampoco ayuda la incesante referencia a cálculos matemáticos, cifras altísimas, fórmulas físicas y demás datos que incluye el guión de Allison Schroeder y su director Theodore Melfi (St. Vincent), quienes aún así logran contar un relato inspirador con una receta habitual. Hay un buen equilibrio en el desarrollo de las tres protagonistas, heroínas anónimas dentro de la carrera espacial, de quienes se explora tanto la vida privada como la profesional, con énfasis en la segunda. Las arriba mencionadas están bien acompañadas por un equipo de figuras entre las que hay que destacar a Kevin Costner y al ascendente Glen Powell (Everybody Wants Some!!) –quienes parecen ser los únicos blancos que no hacen distinciones con los negros-, mientras que hay buenos trabajos de Mahershala Ali, Kirsten Dunst y un Jim Parsons que, por mucho que se esfuerce, no dejará de ser Sheldon Cooper en cámara.

    Con su estructura tradicional y un buen equipo frente a cámaras, Hidden Figures es una fórmula probada para el éxito. Viene a echar luz sobre una parte oculta de la historia norteamericana, en plena época del movimiento por los derechos civiles, con algo de humor, drama y buenas intenciones. A eso hay que sumar la banda sonora de su productor Pharrell Williams y Hans Zimmer, una con sonidos de los años ’60 con mucho soul, jazz y góspel, lo que termina de redondear un film más que correcto. Ni por asomo se lo puede considerar entre los nueve mejores del 2016 como lo han catalogado los Premios Oscar, pero la culpa es un sentimiento muy fuerte.

    estrella3

     

     

     

     

     
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