• Crítica de The 15:17 to Paris
    Publicado el 8 febrero, 2018 por Migue Fernández

    El 21 de agosto de 2015, Ayoub El-Khazzani subió al tren #9364 en Bruselas rumbo a Paris. No había dudas de sus intenciones. Un nuevo ataque de ISIS estaba por comenzar. Lo que no esperaba encontrar Khazzani en su misión era a 3 amigos que estaban dispuestos a detenerlo.

    Siguiendo la línea trazada por American Sniper y Sully en los últimos años, Clint Eastwood decidió encarar una nueva historia inspiradora de heroísmo norteamericano en una situación límite. The 15:17 to Paris es su película más reciente, una en la que da un paso más allá en la búsqueda de reflejar los sucesos con total veracidad, al convocar a los tres jóvenes condecorados por impedir un atentado terrorista para interpretarse a sí mismos. No es una decisión única en la historia del cine –otro ejemplo es el de Audie Murphy, el soldado más premiado de la Segunda Guerra Mundial que contaría su vida en To Hell and Back (1955)-, pero sí una elección audaz por parte de un cineasta que, a sus 87 años, es capaz de asumir semejante riesgo en pos de un retrato cuasi documental de los acontecimientos.

    Si bien ambas perfilan a sujetos “corrientes” convertidos en héroes frente a situaciones extremas, la conexión de esta nueva película con Sully no se limita a la temática, sino que hay una comunión narrativa. La diferencia es que el acto de valentía en cuestión es punto de partida en una y de llegada en otra. El milagro en el Río Hudson abría las puertas a un costado no conocido de la historia y, por ende, a otro tipo de producción, con una investigación sobre el accionar de Chesley Sullenberger que ponía en duda su método heterodoxo para salvar a todos los pasajeros a bordo de un avión en emergencia. El ganador de cuatro Oscar emprende una ruta similar para dar cuenta de los sucesos en el tren 9364, no obstante aquí todo conduce hacia el evento en cuestión. Y dicha muestra de coraje pareciera no ser suficiente como para justificar el tratamiento cinematográfico.

    La debutante Dorothy Blyskal firmó el guión a partir del libro que escribieron Spencer Stone, Anthony Sadlery Alek Skarlatos junto a Jeffrey E. Stern, en tanto que también se dispuso de la historia de vida del trío para terminar de dar forma al relato. Unidos siendo niños, los tres demuestran un compromiso por el otro ya desde la escuela primaria, manteniéndose firmes y sin vacilación aun cuando las cosas se pusieran difíciles. El sentimiento de patriotismo y los valores del realizador encuentran eco en estos pequeños amantes de la guerra, de los cuales uno reza a Dios para que guíe sus manos en la dirección de la Justicia, posee un verdadero arsenal de armas de paintball -que uno contempla pasmado- y que tiene pósters colgados en su habitación de Full Metal Jacket y Letters from Iwo Jima, en lo que es una suerte de “cameo” del cineasta.

    La película se toma su tiempo para desarrollar la profunda e incondicional amistad de los tres, lo cual supone el corazón de la misma y lo que justificará su heroísmo años más tarde. No es que sean hombres ordinarios dado que dos de ellos tuvieron formación militar y es sobre este aspecto que se pone el foco durante buena parte del desarrollo, específicamente concentrado en los intentos de Stone por cumplir sus sueños bélicos. Sadler y Skarlatos quedan relegados mientras que la historia se dedica al otro, que posee el espíritu ejemplar que el Tío Sam busca en sus hombres y a quien el guión le provee frases hechas, no del todo convincentes, que lo empujan en la dirección correcta. Hay una serie de eventos que los llevan a estar en el lugar adecuado en el momento justo, y la película refuerza el concepto del destino, que Dios los condujo a lo largo de sus vidas para actuar en ese instante.

    Respecto a Stone, Skarlatos y Sadler, los tres salen airosos en su primera incursión por la pantalla grande, más allá de que lógicamente estén algo acartonados. El tercero demuestra ser el más carismático y se agradece que sea quien tenga la mayoría de las interacciones con el primero, sobre el que recae buena parte del film. Hay apoyo por parte de profesionales como Jenna Fischer, Judy Greer, Thomas Lennon, P.J. Byrne o Tony Hale, pero todos desempeñan roles menores como para que su colaboración sea significativa. A fin de cuentas, da resultado la apuesta por parte de Eastwood de convocar a los héroes reales para contar su historia, ya que traslada la atención y lleva a que la película trascienda por otra vía.

    Porque le cuesta hacerlo por otros medios, dado que le resulta sumamente difícil encontrar aspectos de interés en la vida de estos amigos por fuera del conocido hecho –más notorio es en el viaje a Europa, que a base de selfies y diálogos pretendidamente significativos apenas sirve de un extenso conector para ponerlos en el tren-. Ahí es donde queda demostrado el verdadero límite de The 15:17 to Paris, que convierte un acontecimiento cinematográfico de escasos segundos en una película de una hora y media. En la que no hay otra historia que contar por fuera de la de los héroes norteamericanos, a pesar de que quede demostrado que hay algunas personas más que actuaron con valentía, pero la de ellos solos no alcanza.

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