Alfred Hitchcock fue uno de los directores de cine clásico más influyentes y personales. Este biopic trata de una historia de amor entre el cineasta y su esposa/socia Alma Reville, que tiene lugar durante la filmación de Psycho, su trabajo más representativo.
En cierta forma
Hitchcock es similar a Anvil! The Story of Anvil, aquel excelente documental que supuso la presentación de Sacha
Gervasi ante el mundo en el 2008. Sin el elemento del fracaso permanente de aquella banda de metal canadiense, comparte la presencia de notables
protagonistas sin el reconocimiento que saben son merecedores, la búsqueda de la obra cumbre, el apoyo incondicional de la familia y una crítica a una
industria incapaz de reconocer la genialidad aún cuando esta se abre ante sus ojos. Y sin embargo, entre ambas películas dista un
abismo.
Basada en el libro Alfred Hitchcock and the making of Psycho, esta última producción parece construirse de retazos de
films anteriores, todos de una suerte superior al que aquí compete. El guionista John J. McLaughlin condiciona a su personaje central a repetir
las vivencias de la joven bailarina clásica de su trabajo más destacado hasta la fecha, Black Swan, en el sentido de que las presiones
internas por la autosuperación y el temor a la más miserable derrota le provocan alucinaciones y una alienación total con quienes tiene a su
alrededor. Hitchcock transpira Capote por los poros y representa un contundente fracaso al momento de intentar repetir un período
en la vida coincidente con el proceso creativo de una obra maestra.
Seguramente perjudicada por un tono cómico que produce un sentido de
liviandad generalizado, Hitchcock se percibe como una oportunidad desaprovechada. Tratándose de un film sobre uno de los cineastas más grandes
de todos los tiempos, no son demasiados los aspectos en los que esta se destaca, con una actuación interesante de uno de los protagonistas –que no es
Anthony Hopkins, como hubiera sido mejor, sino Helen Mirren- y un concepto que llama la atención desde el vamos: el detrás de escena de
Psycho.
Sin tratarse de una delicia para el cinéfilo –muchos elementos a los que se da una importancia trascendental son de
público conocimiento- supone una mirada nueva a una película que ha recibido una exagerada cantidad de visitas –entre remakes y secuelas- desde su
estreno hace 53 años. El psicologismo burdo con que Gervasi aborda a su personaje no oculta el hecho de que se trata de otra forma de ver a una de las
películas determinantes de la historia del cine, así como también la posibilidad de explorar el lado menos conocido del realizador, el de sus
relaciones personales.
Con un guión con mucho optimismo y más consciencia del futuro del que debería tener, uno de los mayores problemas de
Hitchcock es la constante sobreexplicación de todo lo que sucede. Con tanto hincapié en la psicosis de su director, es una paradoja que tanto
el escritor como el realizador londinense no busquen dejar algo de aire en la trama como para que esta respire y el espectador indague por su cuenta.
Basta ver el rodaje de la famosa escena de la ducha, y lo que ocurre con las rabiosas indicaciones del cineasta, como para comprender que la
interpretación de la audiencia no está dentro de las posibilidades –algo que haría llorar al maestro del suspenso-.
Con un nombre fuerte en la
adaptación, con un director que demostraba condiciones para crecer, sin problemas de presupuesto y un gran ensamble de reconocidos actores –incluso en
roles mínimos-, esta película prueba ser como el fallido maquillaje de Hopkins: demasiado obvio como para funcionar.