Crítica de Passengers / Pasajeros

En un viaje de rutina a través del espacio hacia un nuevo hogar, dos pasajeros, durmiendo en animación suspendida, son despertados 90 años demasiado pronto cuando su nave tiene un mal funcionamiento.

La siguiente pregunta encierra muchos de los conceptos de Passengers: ¿Qué haría un hombre si se despierta por error en una nave espacial 90 años antes de llegar a destino y se da cuenta que es el único tripulante dentro de ella? El director Morten Tyldum y el guionista Jon Spaihts presentan un desafío más que interesante: una historia de amor en la que participan la misma cantidad de actores que dedos de una mano. No obstante, es una película irregular más ambiciosa de lo que parece.

Solo por nombrar algunos directores que están en la actual primera página del cine mundial se puede afirmar que Park Chan-Wook, Mira Nair, Justin Kurzel y Denis Villeneuve tienen algo en común. A todos ellos, una película originaria de su país natal les permitió pegar el salto a la industria del cine norteamericano. Tyldum no es la excepción. El noruego estrenó en 2011 Hodejegerne (Headhunters) y la rompió, tal es así que quedó nominada en los Premios BAFTA. En el thriller, que contó con la presencia de Nicolaj Coster-Waldau, mostró un estilo y una narración bien diferentes a la sobrevalorada The Imitation Game, su anteúltima película. Todo acto de violencia extrema, sexo, excesivas vueltas de tuerca y aspectos que delatan su mano en la película del 2011 merman en Passengers. Si bien el género de ambas no es el mismo, cuando el autor está presente uno puede notar su espíritu en cualquier exponente de su obra. En este caso, Tyldum comienza a desaparecer.

«Estamos en un barco que se hunde», dice Aurora (Jennifer Lawrence). La comparación con Titanic y otras se vuelve inevitable. Si algo tiñe de melancolía a un film, por momentos empalagoso, son los pequeños homenajes. El camino que conduce al clímax de la historia de amor entre los dos protagonistas es muy similar al de Jack y Rose, solo que estos últimos están en un barco averiado por un iceberg, mientras que Jim (Chris Pratt) y Aurora están en una nave a punto del colapso. Otro claro ejemplo es la visita semanal del primero al bar de la nave espacial que es atendido por el robot Arthur (Martin Sheen), una referencia directa a The Shining, de Stanley Kubrick -de hecho, el barman está vestido de forma idéntica al que conversa con Jack Torrence-. Chris Pratt, el náufrago en este caso, interpreta a un personaje sin muchos matices. A Jennifer Lawrence, sin embargo, le sirve alejarse de los papeles que la consagraron y se luce con la interpretación de uno más bien intelectual. Pero lo que le importa a gran parte de los espectadores está claro: sí hay química entre la pareja más comercial, podría decirse, del último año.

A lo largo de sus películas puede notarse el énfasis que Tyldum le pone a los giros repentinos en la trama. Estas vueltas de tuerca, que lograron cachetear al espectador en Headhunters, son la principal debilidad de Passengers. Spaihts escribe una película con la idea de que la ciencia ficción y el amor son capaces de fundamentar cualquier cosa. Al menos tres momentos determinantes de la historia son justificados de forma incoherente. No condicen a la lógica de la misma. Hay un planteo que se hará el espectador después de que las casi dos horas de película dejen de correr y corresponde a una importante decisión, llámese ética, que toma uno de los personajes. La relación entre Jim y Aurora no es para nada liviana, ni mucho menos sus determinaciones. La película a veces resulta tan amena como su par The Martian, de Ridley Scott, y a veces carece de vida, como los propios robots aspiradora que habitan la nave. Si existe un héroe en esta historia de naufragio, ¿quién es? Passengers no deja tela sin cortar y sorprende con apariciones inexplicables.

estrella3

 

 

 

 

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