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  • Crítica de Las grietas de Jara

    Publicado el 18 enero, 2018 por Matías Carballa

    Cuando la hermosa Leonor llega al estudio de arquitectura Borla y Asociados buscando a Nelson Jara, tanto Mario Borla como su socia Marta Horvart y Pablo Simó, el arquitecto más antiguo de la constructora, aseguran desconocer ese nombre por completo. Pero todos mienten.

    Las grietas de Jara

    Después de la adaptación de Tuya, en 2015, otra novela de la autora Claudia Piñeiro es llevada a la pantalla grande de nuestro país. Ahora el turno es de Las grietas de Jara y, como es corriente en sus trabajos, nos encontramos con un thriller compuesto de crímenes, romance y un misterio que el lector/espectador debe desanudar. El resultado del film de Nicolás Gil Lavedra va a tono con el clima negro; ingenio narrativo, erotismo y poca intriga.

    Pablo Simó (Joaquín Furriel) es un arquitecto que trabaja para el mismo estudio desde hace 20 años. Está casado, tiene una hija, su vida no parece tener sobresaltos y ni él mismo da señales de tener grandes aspiraciones, o por lo menos de estar decidido a llevarlas a cabo. Los primeros minutos dan cuenta de buena forma de la rutinaria vida que envuelve al protagonista –exceptuando diálogos demasiado alusivos, de floja calidad y corrientes a lo largo del film-.

    La aparición de un personaje de tiempo atrás, a través de una joven fotógrafa llamada Leonor, motiva el surgimiento constante de flashbacks y un ida y vuelta entre pasado y presente que narra de forma fragmentada la historia en común entre Pablo y Nelson Jara, un enigmático hombre desaparecido desde hace tres años. El guión enraizado, co-escrito por Emiliano Torres -autor de la excelente El invierno– y el propio Gil Lavedra, manifiesta un gran manejo de líneas temporales, además de la construcción ambigua de una atmósfera que difumina la distinción temporal, por lo menos al comienzo de la escena.

    Las grietas de Jara

    Junto a un logrado tono lúgubre y grisáceo, se encuentra un desarrollo de intriga en donde el espectador debe descubrir lo que todo el conjunto de personajes ya sabe, por lo tanto casi podría decirse que no existe un objetivo alguno que genere el accionar de aquellos, por fuera de la desesperación y el miedo que provoca la aparición de Jara. Más aún el quiebre a mitad del film, encarnado en la dilucidación de todos los datos -qué sucedió con Jara y quién es Leonor-, representa el punto de partida para una segunda parte en donde el personaje de Pablo deambula al igual que la narración, alcanzando cierto sentido solo al final, más relacionado a un concepto ético no desarrollado debidamente.

    El otro punto flojo radica en un elenco que, ya sea por el trabajo propio actoral o una deficiente dirección, expresa una aplastada y forzada gama emocional; con la excepción de Oscar Martínez, caminando sutilmente entre la maldad y la ética discutible, aunado en un velo de carisma inconmensurable. De yapa, es necesario decir que dentro del equipo se encuentra el histriónico actor español Santiago Segura, el autor de la pentalogía de Torrente.

    El tema con la película es la falta de una base sólida de intriga sobre la cual pueda desenvolverse, como si trabajara más en lo particular que en lo general. Una gran labor desde lo técnico y lo formal, inversamente proporcional a la gestación de un thriller que mantenga el suspenso, es la verdadera grieta de Las grietas de Jara.

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