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  • Aquel fatídico día… y después: crítica de 22 July

    Publicado el 11 octubre, 2018 por Maximiliano Curcio

    Paul Greengrass (Captain Phillips, United 93, The Bourne Supremacy) cuenta la verdadera historia de las secuelas al ataque terrorista más mortífero de la historia de Noruega.

    22 July, Paul Greengrass, Netflix

    Netflix acaba de estrenar 22 July, la nueva película de Paul Greengrass, director de grandes títulos como Bloody Sunday (2002), The Bourne Ultimatum (2006), United 93 (2008) y Captain Phillips (2014). Anteriormente presentada fuera de concurso en el Festival de Cine de Venecia, este film relata la historia del ataque terrorista sucedido en Noruega en el año 2011. El autor de la matanza fue Anders Breivik, un ultranacionalista de extrema derecha, responsable de la muerte de 77 personas y más de 200 heridos, blancos inocentes de un ataque extremista que conmovió al mundo entero.

    Greengrass ha mostrado, a lo largo de su filmografía, una facilidad notable para llevar al espectador directo hacia el centro del infierno que atraviesan sus protagonistas, casi siempre inmersos en situaciones de tragedia y desamparo. Esta postura que, bajo su sello autoral, busca identificar a su público con las víctimas -generalmente, de un móvil terrorista- provoca una gran emoción en el espectador: es inevitable sentirse testigos protagónicos de esa historia que se nos narra. Bajo dicha mirada, uno se convierte en observador insoslayable de los hechos; Greengrass consigue hacernos invisibles en medio del horror para trasladarnos a ese lugar de contemplación, descreimiento y padecimiento que sufren los afectados del “daño colateral”.

    22 July, Paul Greengrass, Netflix

    Inspiradora, 22 July es una historia de nuestro tiempo y Greengrass construye una película repleta de emoción en sus primeros minutos, condensando los ataques en media hora desesperante. Con el habitual recurso de un registro casi documental, haciendo uso de una cámara en mano que capta el pulso intenso de los hechos, el director dedica la primera parte del relato a concertar toda la emoción de los atentados y el resto del metraje a explorar sus trágicas consecuencias. Planteado así, la reconstrucción aborda las secuelas que siempre atraviesan los sobrevivientes, no exentos de sus habituales cuotas de melodrama que rozan el lugar común.

    A partir de allí, la película se centra en el itinerario emocional y físico que atraviesa uno de los sobrevivientes del atentado, confrontando su propio destino. De esta manera, uno puede observar el impacto psicológico que sufren aquellos que escaparon a la masacre, contraponiendo el juicio que afronta el brutal asesino y la mirada que acerca de él construyen el sistema legal, el aparato político y la opinión pública.

    Las locaciones auténticas y acertado cast actoral, no alcanzan para elevar el film a la categoría de superlativo. En su excesiva recurrencia a los diálogos y a una subrayada explicación del calvario post atentado, es que el mensaje resulta un tanto trillado en su modo. Una resolución de “manual” que le quita buena dosis de intriga. Certero a la hora de retratar la masacre de la ciudad de Utoya, el film busca concientizar -no sin cierta incertidumbre lógica- acerca del extremismo político que vivimos, las fuerzas de la globalización y el estado de alerta en el que se encuentra nuestra humanidad. Es válida la búsqueda del autor en pos de sembrar interrogantes que ayuden a brindar soluciones a las próximas generaciones acerca de cómo superar el fantasma del terrorismo, no obstante, aún seguimos esperando ese gran film producto de Netflix.

    estrella3

     

     

     

     

     

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