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  • Carpenter, la estrella negra brilla en Noche de Brujas

    Publicado el 25 octubre, 2018 por Maximiliano Curcio

    Un especial sobre Halloween (1978).

    Halloween, John Carpenter

    Cómo no hablar del clásico de John Carpenter cuando se acerca la noche de Halloween. El motivo es doble si un nuevo episodio de la franquicia llega a los cines de la mano del talentoso David Gordon Green. Halloween es un clásico absoluto del cine de terror. Y, si bien las anteriores incursiones de la historia no estuvieron a la altura de la original, la huella sembrada por este clásico de John Carpenter sigue fascinando aún hoy a las nuevas generaciones.

    Lo último que habían conocido los fans fue de la mano de Rob Zombie, quien en 2007 y 2009, respectivamente, había resucitado la franquicia con una remake de la Halloween original (1978) y su secuela dos años más tarde. Respecto a lo irregular de las diferentes entregas que componen la saga, en parte se explica por los responsables que han estado detrás de cámaras y lo mismo sucedió con otras franquicias como Psycho (cuyas continuaciones no deberían haber existido) o The Omen, en donde varias de las películas que continuaron a la original resultaron fallidas desde lo artístico y en taquilla. Sin embargo, la nueva entrega de la mentada franquicia promete.

    Con un nuevo capítulo de la saga estrenándose a nivel global, Halloween es una de las franquicias de terror que siguen despertando interés en la historia del nutrido género. Michael Myers, su protagonista, es uno de los villanos más famosos de la historia del cine. Este asesino inmortal genera un extraño fanatismo en los seguidores de la saga. Su film original relata los trágicos sucesos que lo llevan a permanecer en un hospital psiquiátrico durante 15 años. Luego de un breve prólogo, el film da un salto al presente cuando Michael escapa del hospital y llega a una zona residencial para acosar a la joven estudiante Laurie Strode, interpretada por Jamie Lee Curtis.

    La película significó para la joven intérprete no sólo su debut en la pantalla grande, sino el estrellato inmediato. En el papel de Laurie, la novata actriz ingresaba en el mundo de Hollywood como indiscutible heredera del talento de sus padres: Tony Curtis y Janet Leigh. Cabe mencionar que Jamie Lee Curtis regresó para formar parte de la historia de Halloween en el último film, luego de una ausencia prolongada. Su última participación había sido en el de 1998 titulado Halloween H20: 20 Years Later.

    Halloween, John Carpenter

    Carpenter venía de dirigir un gran policial como fue Assault on Precint 13 (1976). El éxito cosechado con su anterior película le sirvió para obtener presupuesto e inversores. Convenció al productor independiente Irwin Yablans y juntos hicieron realidad una historia de su autoría junto a su compañera Debra Hill. La historia original se había titulado “The Babysitter Murders”, y solo llegó a transcurrir en Halloween por recomendación de su productor. Carpenter recibió la exigua cantidad de diez mil dólares por dirigir y así la historia sobre el psicópata asesino marchó rumbo al cine. Suma irrisoria si se tiene en cuenta que llegó a recaudar, sólo en su país, casi 150 veces su costo. El rodaje fue vertiginoso y alcanzaron apenas una veintena de jornadas en un caluroso barrio residencial de la ciudad de Pasadena (California) para concretar la filmación a mediados de 1978. La fascinación por el mal recién estaba comenzando.

    Existen en la película un par de elementos esenciales a tener en cuenta a la hora de descubrir el uso que el director hace del lenguaje cinematográfico, como herramienta para transmitir determinadas emociones al espectador. Al inicio de la película, Carpenter hace uso de la cámara subjetiva cuando el niño “villano” se coloca la máscara. Esto hace que nosotros, los espectadores, veamos a través de los ojos de Michael Myers cometer su primer asesinato, cuando apuñala a su indefensa hermana. Allí se genera la identificación de primera mano con el horror más explícito. Esa maestría para tan tempranamente cambiar el punto de vista del asesino nos invita a ser partícipes de sus asesinatos y despertar el voyeur que vive en cada espectador de cine. Nos convida de ese oscuro deseo, nos comparte el placer que su personaje siente por matar, lo cual no es poco.

    El director se ha caracterizado por ser un auténtico artesano del género, en donde cada mínimo elemento en pantalla es importante y tiene una razón de ser dentro del plano. Como decían los estudiosos de la teoría autoral, todo elemento de la puesta en escena está ubicado en determinado lugar por algún motivo específico. De manera que allí el director siembra pistas y va construyendo un mecanismo de relojería infalible. En Carpenter esto no es excepción y lo virtuoso es doblemente efectivo: lo bueno, si es austero, dos veces bueno. La economía es una marca autoral en la temprana filmografía de Carpenter en los ’70, un director que siempre supo sacar rédito del bajo presupuesto.

    Otro elemento a destacar es la música, compuesta por el mismo director, tomando una melodía clásica que incluso hoy, 40 años después, sigue resultando electrizante. La maestría visual de Carpenter cobra aún más dimensión si notamos que la historia, en sí, es mínima. Desarrollada en una zona residencial de espacios reducidos, el núcleo narrativo se resume en pocos personajes, breves explicaciones y una simplicidad para instaurar el terror psicológico más genuino: el asesino acecha aunque no lo veamos, con eso alcanza para sugestionarnos. Técnicamente, Carpenter se valió de tres aliados fundamentales: el uso del tiempo ralentizado para estirar cada toma al límite del suspenso soportable, el recurso del scope con gran amplitud focal en la profundidad de campo para que el espectador “busque” dentro del plano al asesino y una fotografía perfecta que contrasta luces y sombras, preferentemente en tomas nocturnas.

    Halloween, John Carpenter

    Gracias al uso de estas tres bondades técnicas, Carpenter logra su cometido: la calma y el silencio del afuera inquietan, mientras que los interiores en la casa generan una sensación de incómoda inseguridad, de manera que la tensión conseguida es permanente. Este tratamiento de la composición de los planos y la creación de la atmósfera es vital para mantener al espectador en vilo durante todo el desarrollo de la historia. Características que hablan a las claras de que, en realidad, el villano asesino es un instrumento más de la historia por medio del cual Carpenter se dedica a poner en marcha toda su maquinaria visual de un modo lúdico, si se quiere.

    Si uno quisiera trazar alguna parábola de compromiso social con el mensaje que deja el film y reflexionar acerca del contenido moral de la película, son innumerables las propuestas de terror acerca de asesinos seriales que dejan interrogantes acerca de psicópatas insertos en una sociedad retroalimentada en su propia violencia. También sirve para pensar el lugar vulnerable que ocupan los adolescentes, victimas del implacable asesino, cuyas muertes el espectador contemplará con interés y cierta cuota de sadismo. Y, por qué no, argumentar cierta crítica social sobre la moral de las clases acomodadas, teorías que a Carpenter parecen importarle francamente nada.

    De pequeño, Carpenter fue un novel cinéfilo que creció devorando los westerns clásicos de John Ford, Raoul Walsh y Howard Hawks en plena edad de oro hollywoodense, mientras su inquietud adolescente lo llevó a consumir el cine fantástico clase b tan popular en la década del ’50, en plena era macartista. Dichas influencias forjarían la huella personal de un director que concretó su primer largometraje con Dark Star, en 1974. Posteriormente, una serie de obras clásicas del terror sobrenatural colocarían al cineasta dentro del olimpo de autores del género: The Fog (1980), The Thing (1982), Prince of Darkness (1987) e In the Mouth of Madness (1995) forjarían lo mejor de su prolífico repertorio.

    El legado de Halloween (1978) a lo largo de las últimas décadas nos ayuda a reconocer su importancia dentro del subgénero del terror slasher o de explotaition, ubicándose como pionera icónica de otras sagas muy populares entre adolescentes como A Nightmare on Elm Street (1984) o Scream (1996). Una película que colocó la piedra fundamental: ubicó a Carpenter en el mapa cinematográfico hollywoodense, una industria que ha transitado el género de manera incansable en las últimas décadas. En medio de refritos, en su mayoría olvidables, el talento de este auténtico artesano parece hoy una especie en extinción.

     

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