Blonde: humanizar el ícono, deshumanizar el ambiente y a la vez experimentar

Ana De Armas personifica a Marilyn Monroe en lo nuevo de Netflix.

¿Desde cuándo escuchábamos que Ana De Armas iba a ser Marilyn? Todos a la espera de dicha interpretación, los últimos años del proyecto fueron postergación tras postergación, pero terminó llegando de la mano de Netflix: Blonde, la nueva película escrita y dirigida por Andrew Dominik (The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford) está basada en la novela homónima de Joyce Carol Oates.

Éste último punto nos refiere principalmente que responde a una versión de la actriz, y que no necesariamente a la típica biografía de las diversas figuras hollywoodenses. Porque si bien ya contaba con una adaptación televisiva en el 2001 –a cargo de Joyce Chopra–  en este caso estamos con una metodología distinta de Dominik, experimentado de manera fragmentaria con distintas etapas de Monroe que no se lo toma de manera precisa e intenta trasmitirlo con un estilo más cercano al poético y ficcional.

¿Qué es ficción o no en la vida de la blonda? A través de imágenes acromáticas o desde mismísimas pantallas de cine a sucesos relativamente ocurridos en la vida real de la blonda –una fuerte escena con el expresidente de los Estados Unidos- nos hace replantearnos cuánto de su recorrido tuvo que ver con la carrera, sin importar la propia persona.

Sobre este hecho es donde se hace más fuerte la película: la sobreexposición e hipersexualidad sobre ella, en un universo machista y superficial donde los focos de los flashes estaban puestos en su cuerpo, posturas e “insinuaciones” para calentar a la platea masculina. Más allá de momentos donde podemos ver enriquecido el papel interpretador de Marilyn en situaciones dramáticas, los estudios y productores sólo apostaban por lo físico.

Apenas en los primeros minutos se desarrollan la infancia de Norme Jeane (Lily Fisher) y su intrincada relación con Gladys, las complicaciones de ésta, el reconocido padre que nunca llegó y que tiene a la niña como culpable de todo mientras las llamas se esparcen de manera ficcional y real –algo que va de la mano con el carácter fílmico-. Con un repaso dinámico a través de imágenes de portada de revistas, ya nos encontramos a fines de la década del ´40 con la joven de Los Ángeles ascendiendo en la industria.

En este sentido lo profesional y personal se relacionan más que nunca en dicho caso, y el film también se introduce en el día a día fuera de las cámaras y las repercusiones en su vida, con recomendaciones de quienes manejaban el negocio o los recelos de sus distintas parejas. Cuando hablábamos de manera fragmentaria con respecto a la narración, el realizador decidió ejecutar estas separaciones principalmente a través de sus parejas: el violento beisbolista Joe DiMaggio (Bobby Carnevale) y el dramaturgo Arthur Miller (Adrien Brody), como etapas claves en su biografía. El estilo capitular queda claro en las apariciones y salidas de dichos personajes, ya que DiMaggio tras una violenta escena con la actriz por su emblemático vestido al viento de The Seven Year Itch no vuelve a mostrarse en pantalla, a pesar de que en la vida de la protagonista reapareció.

La figura varonil es clave en la trama, ya que se posiciona como causante al estado de la actriz y cómo ésta fue manejada a través de los intereses machistas. Desde la figura paterna ausente y la búsqueda incesante de la protagonista por encontrarla -¿la causa de todos esto?- a las distintas relaciones en la etapa adulta con la no tan históricamente rigurosa aparición de la familia Chaplin (Xavier Samuel), dicha problemática es de las más consistentes a lo largo del film que por momentos parece abusar del golpe bajo o retrato de lo más deshumanizante.

Respecto a los trabajos en la pantalla de Monroe, la película hace referencia a sus trabajos más destacados pero sin incursionar demasiado, sino poner el énfasis en los procesos de producción pero sí complementándose con  los aspectos más personales durante el rodaje, donde a través de la puesta en escena los interrelaciona para evidenciar los costados de la protagonista. Sus labores como Niagara, Gentlemen Prefer Blondes o la mencionada anteriormente son los proyectos más destacadas en el largometraje sin la necesidad de ahondar detalladamente y respondiendo al drama abstracto que arroja el realizador.

En este ensayo sobre una de las figuras femeninas más importantes de la industria, en el boca a boca se comentaban algunas polémicas basadas en lo extremo de algunas escenas. Ya con el producto en mano, varios pasajes en las dos horas y cuarenta y cinco minutos de duración pueden resultar crudos y explícitos, pero que a la vez responden a la decisión de ventilar la sexualidad de la protagonista y no escatima para retratar visualmente eso de lo que siempre se habló. Sin embargo, más allá de algún encontronazo que puede tener el espectador si no sabe lo que tiene enfrente, no desentona a lo esperado que tiene a la protagonista como emblema víctima del machismo.

La otra polémica, con respecto a De Armas, queda totalmente descartada: más allá de los gustos personales, la actriz cubana brinda una gran interpretación y logra ponerse en la piel de Monroe sin ningún tipo de problemas, llevando adelante una personificación rotundamente garantizada por movimientos, posturas y tintes propios de la actriz, encarnándose en la propia estrella. El trabajo de preparación para dicho papel logra destacarse, para convertirse directamente en el punto más alto del proyecto más allá de los aciertos técnicos y fotográficos para la trama. Si bien también hay correctísimas labores en Carnevale y Brody, otra figura que lleva de gran manera la tarea –aunque no sorprende- es Julianne Nicholson como la madre de Norme Jeane.

Con un cierre digno a lo que fue elaborando el realizador, el final de la protagonista se representa de manera fiel a lo anterior, sin entrar en mucho detalle y con esas luces de los flashes iniciales apagándose. En pormenor, aquel sin tanta información sobre Monroe y que deseaba conocer sobre su biografía deberá incursionar más por otros espacios, pero en síntesis el trabajo de Dominik goza de una propuesta distinta que divide claramente las aguas para los amantes de lo clásico y de quienes festejan el intento de innovar y lo abstracto.

Ignacio Pedraza

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