Crítica de «Argentina, 1985»: la ficción como herramienta para la memoria

Ricardo Darín regresa a la pantalla grande con una película que es emotiva, entretenida, atrapante, dolorosa y tremendamente necesaria.

Argentina. Corría el año 1984 y la democracia recién se había recuperado. Los resabios de la dictadura cívico-militar seguían presentes y la sociedad tenía que aprender a navegar estas nuevas aguas, pero los responsables del mayor horror que experimentó el país seguían libres. Exigían ser juzgados por la justicia militar y verlos tras las rejas parecía imposible. Finalmente, la causa llegó a la justicia civil y fue la tarea de los fiscales Strassera y Moreno Ocampo demostrar que hubo un plan sistemático de desapariciones y tortura aplicado a lo largo y ancho del país.

Es historia casi contemporánea, como nación vivimos en democracia hace no mucho tiempo, y Argentina, 1985 no solo es una película excelente en todos los aspectos que hacen al cine, es también una carta de amor a nuestra lucha como nación, a la defensa de los derechos humanos y las libertades que supimos recuperar después del capítulo más oscuro de nuestra historia. Es propia, pero también es universal e interpela a todos los espectadores al punto de las lágrimas. Es el tipo de film que nos demuestra la fuerza del arte, el poder del cine y la importancia de mantener nuestra historia viva.

Dirigida por Santiago Mitre y escrita por él y Mariano Llinás, el estreno más importante del año sigue el juicio a las Juntas, pero además de este momento bisagra de la historia del país, el director se enfoca en la humanidad de sus personajes, en el detrás de escena del juicio y en cómo estas personas se tuvieron que enfrentar al poder real para conseguir justicia. Esto no solo es expuesto por un guion ajustado, brillante y con los necesarios toques de comedia que exponen nuestra idiosincrasia; sino también por las actuaciones, merecedoras de todos los halagos, de sus estrellas.

Ricardo Darín le da vida al fiscal Julio Strassera, que a pesar de su reniego inicial, llevó a cabo una investigación exhaustiva para probar el plan sistemático de la dictadura. Su interpretación está entre los mejores trabajos de su carrera y logró canalizar no solo al héroe nacional sino también a la persona, al hombre que temía por la seguridad de su familia, que se culpaba por no haber podido actuar durante la dictadura, al padre, al esposo, al compañero de trabajo y al jefe.

Peter Lanzani, que ya ha demostrado en muchas ocasiones que es uno de los actores más talentosos de su generación, interpreta a Luis Moreno Ocampo, el fiscal adjunto sin experiencia que fue designado porque nadie más quería acercarse a este caso. Un hijo de familia patricia, un heredero de la tradición naval de Argentina e hijo de una madre que iba a misa con Videla. Estas contradicciones, así como el compromiso del joven fiscal con la justicia y la defensa de los derechos humanos, están presentes en la emotiva y poderosa interpretación de Lanzani, que en más de un momento logra emocionar hasta las lágrimas.

El juicio que tienen que enfrentar no es nada fácil: deben probar que los nueve ex comandantes en jefe del proceso son los responsables del genocidio, aún cuando no había pruebas de que hayan torturado personas con sus propias manos. El juicio a las Juntas debía demostrar la responsabilidad de estos militares en el armado de un plan sistemático de desaparición de personas, torturas y asesinatos.

La magia de Argentina, 1985, radica en que este drama legal, que podría haber sido tremendamente oscuro, como lo fue en la vida real, se convierte en una emocionante película que entretiene, que conmueve y que toma una postura clara e intachable frente a la defensa de la democracia. De manera dinámica y con un montaje genial, se muestra cómo el equipo legal, compuesto por jóvenes casi sin experiencia, algunos aún estudiantes de derecho, recorren el país en busca de pruebas, entrevistan víctimas y familiares de desaparecidos, y consiguen en un tiempo récord, casi establecido para que fracasen, todo lo necesario para demostrar el macabro plan.

Pero la película no solo se concentra en el juicio, también en lo que ocurría por fuera de tribunales: los aprietes a los fiscales, la presión mediática y cómo desde varios sectores se seguía presionando con la teoría de los dos demonios para justificar el uso represivo de la fuerza del Estado.

“Fuimos armando el rompecabezas pieza por pieza”, narra Luis Moreno Ocampo en el ensayo “El Estado no puede torturar”, publicado por Anfibia. “Buscamos casos que hubieran ocurrido en distintas partes del país, en diferentes épocas y cometidos por personal dependiente de cada uno de los comandantes. Presentamos más de 700 casos individuales y durante el juicio quedó demostrado que eran la consecuencia de una operación militar aprobada y supervisada por los jefes de cada fuerza”, concluye. En esto se basaron Mitre y Llinás para escribir su guion y revisaron centenares de casos. La investigación para realizar la película llevó más de cuatro años y esto puede verse en el resultado final.

Otro de los grandes aciertos de esta cinta es darle relevancia y entidad a los personajes secundarios, tanto a los miembros del equipo de la fiscalía, como a la familia de los protagonistas. Aquí quizás es en donde más se destaca el personaje de Strassera, que en su trabajo es quien manda y está al frente, pero en el momento en que llega a su casa “su familia lo caga a pedos”, en palabras del propio director. Alejandra Flechner, quién se pone en la piel de Marisa, la esposa del fiscal, es una pieza fundamental de este guion: es la persona que lo apoya pero que también lo empuja, y cuándo podrían haberla escrito cómo una mera acompañante, le dan peso en la trama, y su personaje y el Darín comparten uno de los momentos más íntimos y bellos de la película mientras miran la ciudad desde su balcón.

Los hijos de Strassera también juegan un rol fundamental, aunque todas las miradas se las lleva Santiago Armas Estevarena, que interpreta al hijo menor del fiscal y protagoniza muchos de los momentos más cómicos de la cinta. Su naturalidad, carisma y timing para la comedia lo destacan en una película en la que comparte pantalla con los nombres más importantes de la industria cinematográfica nacional.

Emotiva, entretenida, atrapante, dolorosa y tremendamente necesaria: “Argentina, 1985” es una cinta que llega en un momento más que apropiado; pero por sobre todas las cosas es una cinta que le habla a las generaciones nacidas en democracia, que recuerda lo vigente de esta lucha, lo presente que debemos tener el tema como sociedad y, particularmente, que este es un camino que se transita constantemente y debe hacerse de manera consciente. Porque cuando el fiscal Julio Strassera dijo “Señores jueces: Nunca Más”, alzó la voz del pueblo argentino, así como Santiago Mitre lo hace ahora con esta película.

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