Crítica de Cartero

Años 90: Hernán Sosa empieza a trabajar en el correo, en pleno auge de las privatizaciones, los retiros voluntarios y la pobreza que crece. En este contexto de descomposición y crisis, Sánchez, un viejo cartero, le enseña el oficio.

Cartero, Emiliano Serra

Hernán es de un pueblo de Buenos Aires. Llegó a Capital para estudiar y, a través de un preceptor de su escuela, consiguió trabajo en el Correo, en los ’90. Cartero, la película de Emiliano Serra, sirve como una especie de autobiografía y al mismo tiempo como retrato del pasado y del presente neoliberal.

En la época signada por el vaciamiento del Estado y cuando el correo estaba pasando a manos de la familia Macri, Hernán Sosa (Tomás Raimondi) entra como cartero al Correo Argentino. La mitad de su sueldo se lo pagan en ticket canasta y los veteranos lo miran como si fuera el enemigo. «Estos son los que nos van a dejar sin trabajo», repiten en su cara una y otra vez. Deberá aprender el oficio desde cero, con la guía de uno de los más antiguos, que se resiste a tomar el retiro voluntario. Le explica cómo acomodar sus cartas en los estantes, cómo tirarlas para que pasen por debajo de la puerta y a qué personas le tiene que entregar los sobres en mano para recibir propina.

Con una impecable actuación de Raimondi, la película es un tanto inconstante en la narración de la trama. Sin perder al espectador en ningún momento, a veces se desvía. Pero su mayor fortaleza está en mostrar la situación social del país en la década de los ’90 y la avanzada de las privatizaciones, y así servir como espejo de la actualidad.

Los códigos que aprende en el Correo son también enseñanzas de vida, las películas que ve en el cine ese donde la dueña lo hace pasar gratis son algunas que lo acompañaran para siempre, así como los llantos y caras de desesperación de las personas que recibían los telegramas de despido.

Una película pequeña pero profunda, emocionante, personal y con una banda sonora conmovedora, compuesta por Gustavo Santaolalla.

7 puntos