Crítica de Cell / El pulso

Clayton Riddell se encuentra en Boston por negocios, cuando sus posibilidades se ven arruinadas por El Pulso, que causa que todo aquel que estuviera utilizando el celular en ese preciso momento se vuelva un zombie que ataque a quien se cruce en el camino.

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Hubo una época en la cual las adaptaciones al cine y la televisión del maestro del terror Stephen King eran laureadas historias, alabadas por el público y la crítica. Ahora, por cada The Mist y 11.22.63 tenemos una Under the Dome que defrauda o la tristísima película que nos trae al caso, Cell. En pleno auge moderno de las hordas de no muertos, King publicó en 2006 la historia de un apocalipsis mundial provocado por un pulso que atacaba a todos los celulares del mundo. Una premisa tan universal como crítica de los tiempos que corren, pero que en definitiva no era una de los mejores trabajos del autor. Por su parte, todas las cualidades redimibles del libro no han podido ser trasladadas a la pantalla grande, creando un inservible fin del mundo que provoca bostezos al por mayor.

Cell fue publicada en enero de 2006 y para marzo los derechos para cine ya estaban comprados. Tras un desarrollo infernal, se tardaron 10 años para ver los frutos en pantalla, y ni el pobre guión del mismísimo King junto a Adam Alleca -guionista de la provocadora remake The Last House on the Left, de otro genio del terror como fue Wes Craven– salvan al film de Tod Williams de aburrir. El director carga en su espalda la tarea de conducir esta historia luego de la baja de Eli Roth, y su paso por la saga sobrenatural en la soporífera Paranormal Activity 2 no lo deja bien parado. Su trabajo más bien es de encargo, porque simplemente apunta la cámara y deja que su elenco lea sus líneas correspondientes sin demasiado ahínco, mientras que las grandes escenas de acción son aplastadas por ridículos efectos digitales que le dan una arista aún más de clase B a la trama. Su única salvación son esos momentos iniciales, donde el caos reinante glorifica su contraparte de tinta y papel.

John Cusack y Samuel L. Jackson tienen una minireunión kingniana -ambos protagonizaron la de terror psicológico 1408– y les falta una cerveza en la mano en cada escena para completar la idea de que aceptaron el trabajo por plata. Hay cero interés de parte de ellos de componer un personaje coherente. Ambos se interpretan a sí mismos en pleno apocalipsis, y sólo por el mero hecho de ser estrellas consagradas salen adelante con el triste material que tienen enfrente. De más está decir que el conflicto en general se reduce a que los personajes se muevan de un lado al otro evitando las manadas de descerebrados que quieren atraparlos y ya.

Si Stephen King tuvo un problema en su prosa, fue el hecho de tener grandes ideas que se desinflan en finales apurados o poco satisfactorios en comparación con el viaje que sus protagonistas hicieron. Cell fue criticada por ello y es por eso que la película cuenta con un final diferente, uno que realmente da pena y en vez de dejar el camino abierto a interpretación subraya el nihilismo latente en la historia. Cosa que de haber sido bien trabajada durante todo el metraje hubiese funcionado, pero es una salida fácil a una historia que tenía mucho potencial.

Cell es una pobrísima adaptación de uno de los mejores escritores de horror contemporáneos, que no le hace honor a su bibliografía y sirve poco como entretenimiento. Su visionado es sólo recomendado a aquellos acérrimos al autor que necesitan ver todo su material. El resto, evitelo. Y apaguen sus celulares mientras tanto.

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