Crítica de Dóberman

Una tarde de siesta en las afueras de la ciudad, dos mujeres entrecruzan sus mundos transformando una charla casual en un campo de batalla, sin poder prevenir lo inevitable: una tragedia doméstica.

Dóberman, Azul Lombardía

Es plena tarde, Mirna se sube a su bicicleta con la rueda pinchada y empieza a pedalear, desde lejos, con un objetivo desconocido. Mecha se acaba de levantar y le lleva dos minutos terminar de salir de la cama, ya con el cigarrillo encendido, de entrecasa. Habla por teléfono durante un largo rato, nos hace partícipes de los chismes del barrio junto a una amiga. Pueblo chico, ya se sabe… Prepara el tuco a la espera de su hijo, a quien le encantan esos fideos pero más a su perro de la raza del título. La que llegará antes es Mirna, una mujer que da muestra de tener algún problema psicológico, que tiene ganas de hablar y algo más. Así es Dóberman, con la que Azul Lombardía lleva a la pantalla grande su celebrada obra de teatro.

El montaje paralelo con el que abre la película nos pone en situación con las dos protagonistas, las dos con actitudes bien diferenciadas. Mecha recibe a Mirna y la invita a pasar, le ofrece un vaso de agua. Pedaleó un largo rato y necesita descansar, en tanto ella revuelve la comida. Empieza el diálogo entre ambas y Mercedes demuestra paciencia por la otra, que tiene cierta dificultad a la hora de expresarse, más allá de que sus ideas son siempre claras. Puede ser lenta en sus modos, pero la cabeza va a mil. Lombardía elige filmar a la película como a la obra, con un largo plano secuencia en el que se da la conversación entre las dos, con algún que otro movimiento de cámara que nos acerca al rostro de cada una y no mucho más.

Por fuera de un buen uso del sonido y algo de la música de Mariano Otero, Dóberman se sostiene en forma prácticamente exclusiva en los diálogos y en las destacadas interpretaciones de Maruja Bustamante y Mónica Raiola. En lo que a todas luces es un día común y corriente, las dos mantienen una conversación que pasa de lo banal a lo profundo en forma totalmente orgánica, cuando las inseguridades de una empiezan a filtrarse y la violentan. Desde lo gestual se anticipa siempre que hay algo de fondo y eso permea en el discurso, que cobra un cariz cada vez más tenso con acusaciones y prejuicios infundados que habilitan un desenlace trágico.

Con apenas 72 minutos, Lombardía nos hace partícipes de un mundo anclado en lo cotidiano que deviene en una guerra de miedos entre dos mujeres, solas en sus propios términos. No necesita mucho más para lograrlo que un buen par de actrices y una conversación típica con motivos ocultos, los cuales se filtran y abrazan un rumbo violento. Y así como no necesita de más, tampoco ofrece demasiado.

6 puntos