Crítica de Glass

19 años después de su accidente, David Dunn se enfrenta de nuevo a un viejo enemigo, pero esta vez no está solo.

Pasaron 19 años desde el accidente de tren que dejo como único sobreviviente a David Dunn, desde que los crímenes de Elijah Price salieron a la luz y fue encarcelado en una institución psiquiátrica. Ahora las autoridades se abocan a la búsqueda de Kevin Wendell Crumb, el hombre que secuestró a tres adolescentes y sólo una, Olivia Cooke, pudo escapar. Glass le pone cierre a la inesperada trilogía de M. Night Shyamalan y si bien no está a la altura de sus predecesoras, es un digno final para está única historia de superhéroes.

El director indio sorprendió a todos al final de Split, relacionando la película con Unbreakable y creando así una saga. Cuando salió la noticia de que estaba trabajando en una tercera historia que reuniría a los tres personajes principales de ambas películas, la expectativa y anticipación fue enorme. Quizás este es el mayor problema al que se enfrenta Glass, no llega a cumplir con lo que se esperaba que fuera un evento cinematográfico único. Dicho esto, no es una película mala, es entretenida, atrapante, las actuaciones son muy buenas y algunas hasta brillantes, pero por momentos se estira de más.

Después de diecinueve años, David Dunn (Bruce Willis) sigue siendo un vigilante. Ahora su hijo Joseph (Spencer Treat Clark) es su ayudante, una especie de Oráculo que le dice hacia donde dirigirse y que es lo que se está diciendo de él. Su traje de superhéroe sigue siendo la capa de lluvia de Unbreakable y esa es sólo una de las tantas referencias a la película que empezó todo. Ahora David intenta encontrar a un grupo de porristas desaparecidas y él cree que ese secuestro está relacionado con Kevin Wendell Crumb, el hombre que mutiló a dos adolescentes y del que no dejan de hablar en las noticias.

Contar más sobre la trama sería basar esta reseña en spoiler y no vale la pena. Sin entrar en detalles, los tres personajes terminan en la misma institución psiquiátrica y son tratados por la doctora Ellie Staple (Sarah Paulson), una psiquiatra que se especializa en personas con un cierto tipo de desorden que los hace creer que son super humanos e intenta convencerlos que ellos sufren de esto. Las escenas entre Paulson y los protagonistas están llenas de tensión y su interpretación de esta doctora es remarcable. Su personaje también interactúa con tres personas que son fundamentales en la vida de cada paciente: Joseph, el hijo de David; Casey Cooke (Anya Taylor-Joy), la chica que La Bestia dejó ir y la madre de Elijah (Charlayne Woodard). Estos tres son grandes personajes secundarios que ayudan a sostener una trama que ´por momentos tambalea.

De los tres secundarios, a la que más importancia se le da es al de Anya Taylor-Joy. De hecho, las escenas que comparte con James McAvoy son de las mejores actuadas de la película. No sólo por ella, sino que es en esas en las que se logra ver más de la personalidad de Kevin, tan poco explorada en Split, y de más está decir que la actuación de él es lo mejor que tiene la película. Bruce Willis, cómo lo hizo hace diecinueve años, se corre de su zona de confort e interpreta a un personaje diferente al que nos tiene acostumbrados y entrega una actuación muy buena. Samuel L. Jackson es brillante como el villano, después de todo, la película lleva su nombre.

La película puede que no cumpla con la expectativa que había generado, pero logra atrapar al espectador y supera las escenas que se sienten un poco de más. Una historia única que cierra la trilogía que nadie vio venir, un final digno de los personajes que tiene y, aunque puede que por momentos deje sabor a poco, es una experiencia maravillosa para vivir en el cine: desde la fotografía a la musicalización, cada aspecto técnico de la cinta está pensado para verse y disfrutarse en la gran pantalla.

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