Crítica de Judy

30 años después del estreno de El mago de Oz, la leyenda Judy Garland llega a Londres para dar una serie de conciertos. Mientras se prepara para subir al escenario, vuelven a ella los fantasmas de su juventud en Hollywood.

Judy, Renée Zellweger

Una gota de agua en el Pacífico.

Judy, pequeña, campirana, de aire simple y aniñado, como la caperucita real, vino a enfrentarse desde los primeros minutos a un hombre grande. Grande en el esperpento del abuso y el control, en la silueta que hace sombra a la inocencia, en la autoridad que le dio el poder del dinero. ¿Sería Louis B. Mayer el leviatán del cine en la primera mitad del siglo XX? Desde el principio de Judy, película de Rupert Goold, Mayer se presenta, dueño y señor del mayor estudio cinematográfico de la época, como la personificación del lobo más grande que hayamos podido ver. Y allí, Judy Garland –en las contadas analepsis de su juventud, interpretada por Darcy Shaw-, adolescente, desvalida, marginada, huérfana, enfrentándose al demonio armado de la consigna chantajista del sin mí serás «como una gota de agua en el Pacífico», se deja hundir en el miedo de ser lo que siempre, a fin de cuentas, terminó por añorar: la normalidad.

La gran Renée Zellweger remolca con gracia y virtuosismo una película que, si bien no recae en la desgastada fórmula de los biopic –ascenso, apoteosis, y caída-, termina por dejar un amargo acento cansino de manual. Interpretando el atardecer de Judy Garland, Zellweger se haría irreconocible si solo la escucháramos: sabemos que es la actriz que hizo de Bridget Jones, pero por poco. Su físico transformado desde la piel de una mujer que aparenta incluso más años de los que la estrella tenía en su momento – muy justificado artilugio que denota el sentido desgastado de su espíritu en ruinas-, es capaz de dibujar un halo acorazado, propio de los atemorizados. Judy es el mundo y la paleta de colores que ese mundo le pinta como circo. El vestuario, el decorado, y la fotografía lucen y deslucen dentro y fuera del escenario, tomando en cuenta que este último se lleva a cuestas cuando la protagonista desea aparentar grandeza, ocultando su procesión.

Judy, Renée Zellweger, Finn Wittrock

¿Qué puedes ser, en la vida, si no eres dueño ni de tu hambre, de tu sueño, o de algo tan simple como tu cumpleaños? La patraña calcada de Meyer, moldeada en una Judy que pareciera nunca superar la mayoría de edad; que destinó, desde su rol como estrella y como mujer –asumida como máscara también-, en un star-system que se encargaría de poseer a actores y actrices hasta el punto de controlarles todo aspecto de la vida. Una madre a medias, que estaba y no, porque dentro de las imposibilidades emocionales derivadas de tanto dejarse hacer por Mayer, por Minnelli, por Luft, se te pierde la brújula y el reflejo. Eres Alicia, Judy, extraviada en un bosque extraño, con caricaturas hechas de gente que te aplaude, te venera en los pequeños momentos donde cantas lo que piden que cantes, lo que esperan que cantes, porque el ser humano, en la grandeza y la pequeñez, es una metáfora burda de lo utilitario.

En una piscina de utilería, una joven Garland en un acto de rebeldía feroz –como sus lobos– se lanza, asesinando el hastío. Allí sonríe. Sonríe plena, divertida, libre. Debajo del agua no puede respirar, pero está completa, lejos del sonido de la asistente que la atosiga, la que le entrega píldoras para los impulsos vitales, el ruido de las imposiciones, el aullido del chacal que devora, palmo a palmo, cada nota de su voz. Judy es una película, como muchas otras, donde el dolor aburre, como historia, de tantas veces que la hemos visto. Pero repito: Zellweger remolca desde la quilla, nadando, halando y mordiendo el ancla a sotavento, una película que muy probablemente, en manos de cualquier otra, hubiera zozobrado. Renée, que cuando es Judy, aun mirando la cámara, no está. Ni se molesten.

Con una escena final hermosa, que honra a toda ley la vida de una mujer que sufrió hasta el ocaso prematuro de sus días la confusa revuelta de la realidad que, deprimiéndola, haciéndola adicta a las pastillas y el alcohol, a las lisonjas de amor paternal de naufragio; una dirección inteligente y propicia, sin muchas acrobacias, y un guion que falla en pequeños momentos, desequilibrándose y repitiendo lo que otros han hecho, pero sobresaltado por una actriz que, por lejos, nos entrega su mejor trabajo: muy por encima del arco iris. Uno donde el romanticismo gastado y perverso de canciones donde «olvidar tus problemas y ser feliz» se muestran como lo que son: un fatídico sofisma de autoayuda.

7 puntos