Crítica de Jurassic World

22 años después de los eventos ocurridos en Jurassic Park, la Isla Nublar se prepara para recibir a los visitantes de Jurassic World, el parque temático de dinosaurios que originalmente había sido diseñado por John Hammond. El parque trae toda una serie de eventos, hasta que un experimento biológico sale mal.

Jurassic World

No hay superproducción más lúcida respecto a su condición de superproducción que Jurassic World. Hay films autoconscientes y autoreferenciales, pero no se tiende a dar el caso de que uno de ellos sea uno de los tanques de Hollywood más esperados del año. A más de dos décadas de los eventos de la original –el espectador deberá decidir si se respeta la existencia de las dos continuaciones, pero pareciera que no-, el parque jurásico que se había planificado está totalmente operativo. Hay atracciones que comienzan a determinada hora, un zoológico interactivo, patios de comida, tiendas de recuerdos y absolutamente todos están atestados de visitantes. Pero en la lógica comercial, al público hay que brindarle novedades para que se mantenga el interés. No alcanza con que haya dinosaurios, el espectador necesita que estos sean cada vez más grandes, ruidosos, atemorizantes, todo lo que se le pide a una secuela.

¿Cómo se siguen los pasos de una obra maestra de Steven Spielberg? Se puede fallar al intentarlo, como en las dos continuaciones, o se puede seguir la ruta de Colin Trevorrow y hacer una suerte de reflexión sobre la industria dentro de los parámetros de una superproducción satisfactoria. La variante elegida probará ser un arma de doble filo, siendo causal de los méritos y limitaciones que definirán a esta cuarta entrega en la franquicia. El film se destaca en la construcción y funcionamiento del parque temático, con atracciones por doquier. En servicio del mercado es que se diseñó genéticamente un nuevo dinosaurio que se escapará y causará un caos general, pero previo a ello el director nos llevará en un intenso recorrido por los diferentes números que Jurassic World tiene para ofrecer. Y lo hace con inteligencia, haciéndonos parte de los visitantes, asombrándonos con lo que pone delante nuestro, pero apurado por los tiempos y la necesidad de pasar por cada una de las instalaciones destacadas –el primer vistazo al T-Rex, tapados por la audiencia, es un excelente ejemplo de cómo opera el lugar-.

Más impactante, aterradora, «con más dientes» como se pide, su concepto de secuela es lógico y tiende a funcionar. El Indominus Rex genera destrozos masivos y mata a todo lo que tiene a su paso, lo que da lugar a muy buenas secuencias de acción en las que nadie está a salvo. Como fichas de dominó que caen una detrás de otra, el caos se extiende a lo largo de todo el parque y las amenazas se multiplican. En su desarrollo es coherente y orgánica, toda acción tiene su reacción. Cada una de estas escenas está muy bien orquestada, los efectos son de primera línea –otra vez se logró que todo parezca real-, tiene un nivel de humor que es saludable para restarle algo de dramatismo a la catástrofe que se vive, hace permanentes homenajes a la original y su narrativa avanza con un ritmo constante que en ningún momento baja el entusiasmo de lo que se ve. Es la definición concreta de lo que una superproducción debe ser, lo que un tanque de Hollywood tiene que llevar en su núcleo para poder andar. Y sin embargo no logra encapsular la magia de Jurassic Park y tiene un grave problema que era inesperado: sus personajes.

El guión corrió por cuenta de dos duplas que conocen el paño de la ciencia ficción: Rick Jaffa y Amanda Silver, autores de Rise of the Planet of the Apes, y también el propio realizador junto a Derek Connolly, que trabajaron juntos en Safety Not Guaranteed. Todos han demostrado poder crear personajes entrañables, en argumentos que solo involucran a un número reducido de actores centrales. Jurassic World, sin embargo, tiene un amplio elenco de figuras que no termina de balancear. Chris Pratt es Owen Grady, el macho alfa sin matices, un domador de velocirraptors incapaz de equivocarse que más bien está al servicio de la neurótica científica que encarna Bryce Dallas Howard. Después están los hermanos Zach y Gray –Nick Robinson y Ty Simpkins respectivamente-, dos chicos poco desarrollados -el posible divorcio de los padres se menciona una sola vez- y por los cuales no se puede sentir real empatía, más allá de que el menor sea un fanático de los dinosaurios mucho más agradable que el mayor, que está en una edad verdaderamente odiosa y cae mal en todo momento.

Menos trabajados aún están el millonario interpretado por Irrfan Khan o el supuesto villano con origen militar de Vincent D’Onofrio, mientras que uno de los más agradables resulta el perpetuo comic relief que supone Jake Johnson. Por encima de todo esto está el verdadero antagonista, el Indominus Rex, el dinosaurio genéticamente creado cuyas capacidades no se conocen y las va descubriendo conforme avanza la trama y según las necesidades de esta. Esta máquina letal es invencible, mata por deporte y claramente está bien arriba en la pirámide alimenticia, sin embargo no tiene punto de comparación con lo aterrador que resultaba el Tiranosaurio en la original, en cuyo realismo y sencillez residía su eficacia y credibilidad.

Jurassic World es consciente de su condición de secuela y no aspira a concretar la tarea imposible de superar a la primera parte, de ahí a que la homenajee en forma constante. Tampoco es que trata de hacer un aporte significativo a la ecuación, dado que respeta en forma tajante los lineamientos de la primera y sigue una fórmula preestablecida en lo que se refiere a su desarrollo, personajes, amenazas y demás. Pero así como se desenvuelve en su recorrido por todas las instalaciones, en cada una de las secuencias de riesgo o en el espectacular clímax, prueba ser una continuación expansiva y lograda al clásico de 1993. Puede que no recapture la esencia ni supere a la original de Spielberg, pero sin duda es una considerable mejora respecto a las otras dos partes y revitaliza una franquicia que había perdido potencia.

7 puntos