Crítica de La casa acecha

Máximo y Maru viajan al campo para remodelar una antigua casa. Con el transcurso de los días la mujer empieza a sentir ruidos y movimientos extraños. Estos se vuelven aun más estremecedores debido a la macabra reputación de la residencia.

La casa acecha, Mike Amigorena

Un viaje sin mapa a través de una ruta tenebrosa e inhallable da inicio a este primer largometraje realizado en conjunto por los hermanos Eric y Mariano Dawidson -este último debutó en 2015 con La sangre del gallo-. Los protagonistas de dicha travesía son Máximo (Mike Amigorena) y Maru (Leonora Balcarce), una pareja un tanto disfuncional que se dirige hacia el pueblo natal de él, para trabajar en la refacción de la casa de un viejo conocido a quien apodan «El bocha» (Edgardo Moreira). Al llegar a la morada, Maru comienza a percibir un aura entre tétrica y amenazadora. Con el paso de las horas sus impresiones obtienen mayor validez, no solo por la reiteración de misteriosos sonidos y vibraciones dentro del sitio, sino también por el descubrimiento de algunas historias vinculadas a la vivienda. Según nos enteramos por «El bocha», existen rumores que afirman que la casa se construyó en ese lugar debido al centro energético particular que la rodeaba, y que además fue utilizada para realizar rituales espiritistas que incluían sacrificios humanos. Como si esto fuera poco, también se comenta que la casa está habitada por el espectro de un antiguo casero (Christian Martín Álvarez).

El arquetipo principal que retoman los hermanos Dawidson en este film es el de «la casa embrujada». La reutilización de este motivo clásico del cine de terror está plenamente lograda. En principio se advierte un trabajo sobrio pero certero con la puesta en escena -principalmente en lo referido al decorado y la espacialidad-. Los muebles antiguos envueltos en telas blancas o cobertores de nailon, la suciedad por doquier, la incierta extensión de la vivienda y la imposibilidad de acceder a los servicios de Internet, teléfono y cable son algunos de los factores que dotan a la locación de un aire fantasmagórico y, a la vez, asfixiante. Sumado a estos aspectos, también resulta notable la forma en la que se emplean la iluminación y los recursos sonoros. Tanto la intensidad de la luz natural durante el día, como la opacidad y las intermitencias de las luces artificiales durante la noche contribuyen a la construcción de la fisonomía espectral de las imágenes. Los procedimientos sonoros, a pesar de su simpleza, también son aplicados con precisión y cumplen su objetivo que consiste en generar suspenso. El ruido de las puertas entreabiertas, de los pasos o de las goteras, acrecientan la tensión y logran mimetizarse con los escalofriantes relatos que circulan sobre la casa. La correcta conjunción de estas herramientas formales se evidencia, además, en el modo en que los personajes se ven afectados por ese entorno adverso -tanto personalmente como en su vínculo-.

Leonora Balcarce, La casa acecha

Por otro lado, ciertas estrategias se tornan repetitivas y atentan contra la capacidad de asombro y el ritmo del film. La llegada de los momentos climáticos y los cambios de situación a través del empleo de ejes verticales -escaleras principalmente-, el juego con las similitudes y contraposiciones entre el personaje de «El bocha» y la figura «El casero», o la implementación de la música como contrapunto y acentuación, son algunos de los mecanismos que van perdiendo contundencia debido a su permanente aplicación. No obstante, la flaqueza central de la propuesta se halla en la falta de conexión entre la situación de la dupla protagonista y la historia secreta de la casa. Más allá de que la cuestión fantástica está muy bien lograda, es inevitable sentir que se deja pasar la oportunidad de aunar con mayor profundidad esa dimensión arcana o secreta con los dilemas sexuales y afectivos de la pareja -o sea con problemáticas pertenecientes al universo de lo material, lo concreto o lo humanamente cognoscible-.

A pesar de sus inconsistencias y de su ritmo por momentos tedioso, La casa acecha logra posicionarse como una atinada propuesta de género. El modo en el que los directores componen la intriga partiendo desde lo visual y lo sonoro -dosificando los jumpscares y priorizando la sugerencia por sobre la acción-, sumado a la intención de recuperar algunos elementos simbólicos del terror clásico, sienta expectativas para futuros trabajos. Es cierto que la película trastabilla en su último acto, y que por momentos insiste inexplicablemente con determinados artilugios superfluos -sobre todo con los chistes formulados desabridamente por Amigorena-, pero sus méritos son más preponderantes que sus desaciertos. Finalmente me gustaría remarcar que, al igual que con Devoto, la invasión silenciosa, me pone particularmente contento la aparición de estos films nacionales que intentan abordar géneros clásicos. Por supuesto, como notarán tanto en esta crítica como en la otra, esto no implica que uno deje de manifestar sus desacuerdos o disgustos; pero siento que a medida que los/as directores/as insistan con estos formatos y los nutran, tanto de vivencias pasadas y presentes como de proyecciones a futuro que tengan relación con nuestros dilemas y nuestra idiosincracia, el resultado final podría ser una cinematografía sumamente potente.

6 puntos