Crítica de La La Land

En el film, Sebastian y Mia son atraídos por su deseo común de hacer aquello que aman. Pero mientras el éxito se acumula, son confrontados por decisiones que empiezan a deshilachar la frágil tela de su romance, y los sueños en los que tanto trabajaron amenazan con separarlos.

«¿Cómo vas a ser un revolucionario si eres tan tradicionalista?», pregunta el personaje de John Legend a Sebastian, una frase autorreferencial que Damien Chazelle responde con la mera concepción de La La Land. Es, después de todo, un musical original que homenajea a las películas clásicas de la época dorada del género y les inyecta nueva vida al traerlas a una Los Ángeles contemporánea. No es exagerado pensar que pueda revitalizar a este tipo de producciones, algo que se ve apuntalado gracias a sus cifras récord de 7 Globos de Oro ganados y 14 nominaciones para los Premios de la Academia. Pero no hay indicativo más fuerte de eso que en la actualidad haya una veintena de musicales en desarrollo dentro de los estudios, aquellos que hace un lustro no estaban dispuestos a financiar el proyecto del joven realizador por considerarlo un riesgo.

La La Land abre con una espectacular secuencia generada por un embotellamiento en la autopista, una que se consideró dejarla afuera o postergarla durante el proceso de edición. Es una apertura contundente de colores explosivos, que nos sumerge de lleno en este musical, delimita su estilo y expone a las claras aquellos tópicos que rodearán todo lo que pase: la búsqueda de los sueños y la pasión con que se lo hace. Atascados como cualquier otro artista en la lucha, ahí se conoce a Mia, una actriz que aspira a ser descubierta y hasta entonces trabaja en una cafetería, y a Sebastian, un pianista de jazz «serio» que quiere tener su propio club pero que se ve obligado a tocar música que considera inferior si es que quiere tener un techo y algo que comer. Y Chazelle opta por un camino no tan recorrido para introducirnos a uno y otro, primero dedicándose de lleno a ella, después a él y a partir de ahí a la historia de amor entre ambos.

Esto supone una gran presentación a la carismática dupla central, a la pasión que caracteriza a cada uno, a sus luchas y a las concesiones que deben hacer a diario si es que algún día esperan triunfar en una de las ciudades más competitivas del mundo. Y esto es lo que va a atravesar de lleno a su futuro romance porque, hechos el uno para el otro, lo único que puede llegar a rasgar ese amor es el amor por lo que uno hace y el entusiasmo con lo que se lo persigue. Alguna vez pudieron ser Emma Watson y Miles Teller los protagonistas de este musical pero, por más buenos que pudieran ser, ayuda mucho más que los roles hayan quedado en una Emma Stone impecable y un Ryan Gosling más que convincente como el pianista Sebastian. La pareja tiene gran personalidad y demostró química en el pasado en Crazy, Stupid, Love y Gangster Squad, en tanto que aporta más que él sea unos años mayor y que no se trate de dos jóvenes que recién tratan de dar sus primeros pasos en el medio.

La música es una constante, pero La La Land brilla cuando da paso al musical. La pantalla estalla con coloridos vestuarios que se recortan sobre los cielos nocturnos de azules y púrpuras, en donde tienen lugar las maravillosas secuencias de canto y baile. No hace falta ser un conocedor del género para disfrutar la felicidad y encanto que esta película transmite. Hay trazos de Singin’ in the Rain (1952) o del Jacques Demy de Les parapluies de Cherbourg (1964) y Les demoiselles de Rochefort (1967) dado que se trata de una oda a los musicales clásicos, con sus propios méritos. Muchos de ellos vienen de parte de la banda sonora recargada de jazz que Justin Hurwitz trajo a la mesa, que consigue un tour de emociones gracias a las delicadas «City of Stars» y «Audition (The Fools Who Dream)», la explosiva «Start a Fire» o las más grandes que la vida «Another Day of Sun» y «Someone in the Crowd», para señalar solo algunas. Hay una comunión total entre el compositor y el cineasta, que ya habían trabajado juntos para lograr buenos resultados en Guy and Madeline on a Park Bench (2009) y en la excelente Whiplash (2014).

Desde su primera secuencia, La La Land se convierte en un viaje absorbente por una ciudad idílica que se retrata como tal. Su pequeña historia de amor se vuelve fascinante de la mano de Chazelle y Hurwitz, así como también por la impecable edición de Tom Cross, quien ya había hecho lo suyo con la película del joven baterista. Su guión puede pecar de pretencioso –sobre todo a la hora de los discursos sobre el jazz-, pero el corazón termina por sobreponerse. Y cuando pareciera que puede perder algo de impulso, hay otra encantadora secuencia en marcha lista para apuntalar lo conseguido. Hay una amalgama ideal entre comedia y drama, con escenas de puro humor y otras que son descorazonadoras, cuando el fracaso parece ser el único resultado posible y se empieza a dudar del «rendirse jamás».

Chazelle sorprende con sus recursos y sumerge al espectador con esta historia contada según el paso de las estaciones, exprimiendo la conexión de sus protagonistas para obtener un film de sincera alegría cargado de magníficos números y momentos oníricos, como el bello paseo por el Observatorio Griffith –con homenaje explícito a Rebel Without a Cause-. Mención especial merece su final, que se mueve en una fina línea que apenas lo separa de lo puramente efectista. Whiplash ya había demostrado que el director sabe a la perfección cómo dar un gran cierre a sus películas y La La Land le sigue los pasos, con un epílogo melancólico y mágico que es tan fascinante como demoledor. No faltará el cínico que la rechace, especialmente después de haberse vuelto la favorita de los premios, o las críticas negativas para contrariar su status de «obra maestra». Ese término ya se podía aplicar para el film anterior del cineasta -de quien, con su corta carrera, no se puede esperar a ver qué más tiene para ofrecer- y bien puede valer para este musical, que es un sinónimo de felicidad.

estrella45