Crítica de Matar a un muerto

En un remoto paraje del monte paraguayo, durante la dictadura militar, dos hombres se dedican a enterrar cadáveres clandestinamente. Entre los cuerpos que arriban a la orilla cada día, una mañana llega un hombre que aún respira.

Matar a un muerto, película

La represión y la opresión son compañeras. Ambas conjugan acciones y sensaciones. La gestión y el afianzamiento en términos políticos, administrativos y sociales de esta dupla de la coerción encontró algunas de sus variantes más violentas y siniestras en las últimas dictaduras latinoamericanas. Este es el trasfondo de Matar a un muerto, primer largometraje escrito y dirigido por Hugo Giménez, y producido en conjunto por Zona audiovisual (Argentina), Sabaté films (Paraguay) y Altamar films (Francia). En este se narra la historia de Pastor (Ever Enciso) y Dionisio (Anibal Ortiz), dos hombres que viven en un paraje aislado del monte paraguayo, donde se encargan de sepultar los cuerpos de algunos de los tantos asesinados durante el gobierno del dictador Alfredo Stroessner.

La sórdida cotidianidad y la constante presión en la que se encuentran sumidos los protagonistas, no solo se expresa de forma precisa en los propios acontecimientos narrativos, mediante los encuentros diarios con nuevos cadáveres o a través de la constante supervisión que las fuerzas militares ejercen sobre sus actividades, sino que además se refuerza en el abordaje de lo espacial. La escisión de todo lazo social que caracteriza al sitio en el que se hallan Pastor y Dionisio da cuenta de su situación de profundo desamparo y encierro. La imposibilidad de quebrar esa monotonía se sostiene en la propia ubicación de los sepultureros en ese territorio inhóspito y ceñido, que se clausura aun más a partir de la utilización de encuadres cerrados, primeros planos de sus rostros que denotan tensión y resignación, y un abordaje del sonido en el que los ruidos de la naturaleza se imponen sobre la comunicación humana. Al mismo tiempo, estas circunstancias no solo se retoman para simbolizar la psicología de los personajes, sino primordialmente para mostrar el resultado de una serie de operaciones políticas que impactan sobre sus cuerpos, que no casualmente representan a un grupo social históricamente oprimido. Se dispone de manera perversa de su fuerza de trabajo para concluir el cometido de la dictadura, obligándolos a ocultar la evidencia de los asesinatos planificados y ejecutados por el Estado.

Matar a un muerto, película

Asimismo, resulta fundamental el rol que cumple el personaje de Mario (Jorge Román). Él es otra víctima de los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura, pero a diferencia de la mayoría llega con vida al sitio en el que se encuentran Pastor y Dionisio. Ante este suceso inesperado, los protagonistas no saben cómo reaccionar y en una primera instancia reproducen una serie de mecanismos represivos y de discursos aprendidos -por ejemplo preguntándole a Mario qué hizo para estar allí-. Luego de esta reacción inicial, el director toma la inteligente decisión de plantear este problema como límite y esclarecimiento. Atribuirse el derecho de ponerle fin a la vida de un prójimo se presenta como una barrera que no puede cruzarse tan sencillamente. Al proponer este dilema moral no se busca romantizar a Pastor y Dionisio, sino humanizarlos, mostrarlos como otro tipo de damnificados por el terrorismo de Estado y no como autómatas insensibles capaces de exterminar a sangre fría. Esta cuestión también se refuerza en algunas actitudes más minuciosas de los protagonistas -que en algunos casos exhiben una dimensión cuasi infantil-. El estado de encantamiento en el que se sumergen al escuchar los partidos del mundial 1978, la intensidad con la que juegan con una pelota que poseen en el parador, y la cortesía que tienen con Mario al invitarlo con un trago de caña luego de mantenerlo como prisionero, funcionan como micro ejemplos de cierta ingenuidad de estos personajes, quienes además de no dar señales de saber por qué están allí ni siquiera parecen preguntárselo.

A través de una puesta en escena despojada, pero concreta y bien justificada, Matar a un muerto aborda una vertiente particular y poco conocida de uno de los períodos históricos más espeluznantes de nuestro continente. La forma en la que los gobiernos dictatoriales utilizaron a algunos integrantes de las comunidades locales como mano de obra esclava para ocultar sus atrocidades es, sin duda, una dimensión escasamente retomada en las obras que trabajan sobre esta etapa de la historia. Esto le atribuye al film un valor específico, no tanto por lo novedoso sino por lo importante que resulta evitar que estos hechos caigan en el olvido, ya sea desde lo documental, como desde la ficción. De todos modos, la película no solo realiza aportes importantes en términos sociológicos. También tiene sus méritos estéticos: nunca cae en una postura exageradamente bucólica, ni tampoco concentra las explicaciones en fenómenos metafísicos -lo cual podría resultar esperable en un escenario alejado de la vida en sociedad y prácticamente reducido al estado naturaleza-. Por el contrario, expone los efectos que las acciones políticas generan sobre los cuerpos, ya que estos no pueden escapar del campo de relaciones de poder. Los espacios tampoco son inmunes a esta lógica, y por ende se tornan aislados y sofocantes, puesto que también sufren dichas prácticas institucionales de restricción, división y marginación.

7 puntos