Crítica de Mi Obra Maestra

Arturo es un galerista de arte encantador, sofisticado y un poco inescrupuloso. Renzo es un pintor hosco, un poco salvaje y en franca decadencia. Hasta que se les ocurre una idea loca y muy arriesgada que puede revolucionar el mundo del arte y cambiar sus vidas para siempre.

Mi Obra Maestra

Después de años de compartir crédito como directores en múltiples películas, Gastón Duprat y Mariano Cohn decidieron encarar proyectos en solitario como realizadores, cada uno produciendo el trabajo del otro. Mi Obra Maestra, a cargo del primero, es la que llega antes a los cines y da cuenta de una clara continuidad con la filmografía previa, en lo que se percibe como una oportunidad desaprovechada para salir de la zona de confort y encarar un tipo de labor diferente. Nuevamente se transita un territorio conocido como es el del mundo del arte, con un gran despliegue de producción, y se cincela un crimen en su interior. En el centro no hay una rivalidad, como en films previos, sino una amistad. Y es la falta de nutrición de ese vínculo lo que menoscaba sus méritos.

Como es lógico, Guillermo Francella y Luis Brandoni son los motores del film a base de química pura. Los dos son amigos desde hace décadas, pero su relación es obvio que ha visto tiempos mejores. Hoy los une una suerte de aprecio mutuo, aunque la película se ocupa de resaltar que este proviene fundamentalmente del primero. El actor maneja a la perfección el espíritu de su personaje, un hombre culto y encantador que busca lo mejor para su galería, pero que no se olvida de su viejo amigo y trata de darle una mano cada vez que puede. Lo defiende aun cuando Renzo da muestras constantes de destrato. Porque sí, este último es un buen personaje. Brandoni cumple con honores todos los requisitos como para que este resulte en absoluto desagradable, pero se supone que esta comedia es sobre dos amigos. Hace falta una estrategia del guión, a mitad de camino, como para que este empiece a caer mejor.

Mi Obra Maestra

Andrés Duprat, el director del Museo de Bellas Artes, escribe sobre lo que conoce al detalle. Es notable su retrato sobre el mundo del arte, sus entretelones, sus principales jugadores y mecanismos internos, en tanto que la producción se ocupa de ensalzar a su guión. En su aspecto estético es impecable. Se filma en galerías y museos con obras por doquier, que la revelan suntuosa. En ese sentido es, como los trabajos previos de la dupla, una película sofisticada. Lo es un poco menos con su sentido del humor, con una idea de comedia inteligente que depende sobre todo de los choques entre Arturo y Renzo. El primero como una voz de la razón pragmática, el segundo como un carcamán disgustado con una sociedad que entiende le debe algo y que se percibe como genio incomprendido. Técnicamente se lo comprendió y apreció décadas atrás, pero nunca evolucionó ni se amoldó a la variación de época. El otro, en cambio, pudo surfear la ola. Es un hombre de estilo y capacidad de adaptación, tal como demuestra el cambio de anteojos y auto de lujo conforme progresa la historia.

También hay una efectiva incursión en el suspenso durante el tenso tercer acto, donde termina de aflorar la falta de escrúpulos de sus protagonistas mientras consolida la noción de que era la amistad entre ambos lo que realmente importaba, aunque se hizo lo suficiente como para que no se sintiera así. El Hombre de Al Lado alcanzó con mayor simpleza y solidez algo que se quiso replicar posteriormente, sin tanto éxito, con El Ciudadano Ilustre y ahora con Mi Obra Maestra. En aquella había un conflicto básico y perfectamente identificable que enfrentaba a dos personajes opuestos, algo que se ha perdido en pos de confrontaciones grandilocuentes y vínculos más artificiales.

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