Crítica de Midsommar

Una pareja viaja a Suecia para visitar el festival de verano de una población rural. Lo que comienza como un retiro idílico evoluciona en una violenta y bizarra competencia de un culto pagano.

Midsommar, Ari Aster, Florence Pugh

Hablando mal y pronto, Ari Aster me voló la peluca con su terrorífico debut Hereditary. Fue una de las pocas películas cargadas con expectativa desde su estreno en el festival de Sundance que cumplió lo que prometía, una pesadilla que sobrevolaba encima de una familia en pleno dolor por la pérdida de su matriarca. Y bueno, más cosas les pasan que no conviene adelantar, para aquel que no la vio. Una vez llegada a las salas de cine la productora A24 ya estaba más que satisfecha, con lo cual le dio luz verde al siguiente proyecto del joven debutante, que apenas un año después ve tiene su espeluznante estreno bajo el título Midsommar. Quizás esperaba algo más en sintonía con el horror que Toni Collette y compañía alcanzaron con Hereditary, pero me complace decir que su segundo largometraje es una pesadilla diametralmente opuesta que, una vez finalizada, cumple la misma función que su predecesora: perturbar y desconcertar, tanto física como psicológicamente.

Hay algo de la temática cultos y ritos que hizo mella en Ari, que lo caló hondo, porque no se explica sino su fijación macabra con los mismos. El concepto bajo el que se gestó Midsommar es el de una película de rompimiento de pareja disfrazado de terror folclórico, así que si están versados en cultos paganos en parajes campestres y bucólicos tales como The Wicker Man y la reciente The Witch sabrán a qué atenerse. O no. Se sabe que estas fábulas oscuras modernas no terminan bien para (casi todos) los involucrados, pero lo que uno no sabe es el cómo, el cuándo y el por qué, datos que Aster tejerá con pormenores en un bombástico seguimiento en su filmografía que puede pecar de magnánimo, pero que está completamente controlado.

Midsommar, Ari Aster, Florence Pugh

Siguiendo la racha de fuertes personajes femeninos como protagonistas, la figura principal en esta ocasión es la Dani Ardor de la rutilante nueva estrella Florence Pugh. Dani tiene un severo dilema familiar con una hermana inestable psicológicamente que genera un estallido macabro con el cual abre el film, un revés que la deja golpeada, a la deriva y a merced de un novio, Christian (Jack Reynor) egoísta hasta lo inclasificable, quien le ofrece viajar junto a sus amigos a una remota aldea sueca para disfrutar de unas festividades celebradas una vez cada 90 años. Imaginen un viaje estilo Hostel de Eli Roth pero con matices y tonalidades, y mucha, pero mucha menos misoginia, y estarán un tanto más cerca de lo que propone el macabro Ari.

El terror no espera a la noche es el subtítulo con el cual se estrena en salas comerciales, y es bastante acertado, por una vez en la vida. Sucede que el festival en pleno estío sueco coincide con el avasallamiento diurno en donde apenas si hay unas horas de oscuridad, y la desolación se apodera del grupo cuando la noche nunca llega, y las drogas psicotrópicas exalten los estados alterados de todos. Y eso que no llegamos a los ritos que este particular grupo de gente tiene planeados. Pero para alcanzar ese punto, Aster construye un arco narrativo que destruye sistemáticamente a la pareja protagónica, acuciada por la fragilidad emocional de ella que lo perdió todo y el egoísmo e indecisión de él, que particularmente no ayuda a la situación. Lo macabro se hace esperar pero cuando llega golpea duro, como una cabeza contra una roca. Pugh no es ninguna Collette pero navega las turbias aguas del reinado Aster con soltura y una emoción a flor de piel que se transmite en cada una de sus escenas hasta el climático y catártico final, uno rebosante de ideas, visiones y momentos tétricos que se antojan inolvidables, por lo menos en lo que se refiere a inventiva iconoclasta dentro del género.

Puede llegar a parecer que Midsommar extiende su estadía, y definitivamente no es para todos los gustos, pero el trabajo de hormiga en armar para desarmar es uno totalmente aplaudible, que propone conmoción y un aceleramiento de la respiración frente al horror conjurado en pantalla. El corte del director dura aproximadamente 3 horas, que se sienten, pero las escenas extendidas y agregadas ayudan mucho a complementar esta visión infernal que Aster pergeño, uno que lo cimenta como uno de los talentos a seguir de cerca para ver qué más puede aportar a su escueta pero potente filmografía.

8 puntos