Crítica de Ouija: Origin of Evil

En la Los Ángeles de 1965, una viuda y sus dos hijas suman un nuevo dispositivo para reforzar su negocio de fraudulentas sesiones de espiritismo, pero inadvertidamente invitan a un demonio auténtico a su hogar.

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El terror es quizás el género más explotado en la actual industria cinematográfica. Un aprovechamiento que ha traído productos tan interesantes como olvidables. Lo seguro es que esta constante producción de películas ha dado lugar a un florecimiento de diferentes subgéneros y movimientos que, independientemente de estas distinciones, se ven unidos por el antes y el después que marcó The Exorcist. Aquel innovador film dirigido por William Friedkin sentó una fórmula, un tono y un nuevo imaginario para el deleite masoquista del espectador. Ouija: Origin of Evil se declara, sin lugar a dudas, como la seguidora más fiel del film de 1973 y, aunque no está lejos, su nivel logra desligarse aunque sea un poco de las recetas convencionales.

Desde lo que a trama y estructura respecta, Ouija no dista mucho de pertenecer a la lista de los films de su propio género que ha pasado sin pena ni gloria por las carteleras mundiales. Una premisa que se plantea en el primer acto a partir de una prohibición, los protagonistas creyentes -Doris y su madre-, los escépticos -Lina y el padre Tom (nada más ni nada menos que Henry Thomas, Elliot en E.T.)-, el conflicto derivado del impedimento, complicaciones, resolución. Una conclusión embarrada por lo forzada que se presenta, anterior a un epílogo sorpresivo.

Desde largos siglos atrás la cultura occidental ha estado arraigada a un mandato mayormente católico y por lo tanto su antagonista se convierte en el espiritismo, Lucifer, el inframundo, aquello que The Exorcist puso de manifiesto. De este imaginario popular se aferra Ouija para provocar a un espectador que no teme a aquellos demonios que no ve, por el contrario, teme por el hecho de verlos tan cercanos y en acción. Mostrar consistentemente este imaginario, la posesión, la brutalidad es el punto más alto de un film que gana en dejar ver en lugar de censurar. Es decir, todo está allí y nada queda por imaginar.

Una curiosidad resulta de la estética en la puesta en escena, una saturación de colores propia de la década de los ’60 y del género fantástico mezclado con un componente gótico que recuerda a los films de Tim Burton. A medida que el relato avance, las luces se irán apagando y el ambiente se volverá progresivamente más opaco; esto confluye en que al desarrollarse en una sola locación este ambiente vaya oprimiendo y aprisionando al conjunto de protagonistas, obligándolos a bajar a los mismos infiernos en búsqueda de un escape.

Mike Flanagan, encargado de la dirección y el guión, desafortunadamente no puede sumarle la tensión apropiada a esta opresión, ni el descanso apropiado a la sucesión de situaciones, lo que hace que el film se vuelva denso y necesariamente deba recurrir al recurso de la sorpresa para hacer avanzar las situaciones, a pesar del gran trabajo compositivo para mantener planos largos en los que juega con los focos, con la intención de enseñar sin necesidad de romper con la continuidad lineal.

Podría acusarse a Ouija de tomar el argumento de The Exorcist, es imposible negar la explicita referencia. Pero al fin y al cabo lo que debe quedar son las distinciones metafóricas con esta, diferencias generacionales que ayudan a que esta referencia se deje de lado. Seguramente no hablemos de un film de terror que quede en el recuerdo, pero sí llega a un nivel que nunca decae ni resulte alevoso. Y deja entrever que el terror, año a año, puede seguir haciendo que el público clave las uñas en su butaca o brinque de la misma.

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