Crítica de Sherlock Holmes: A Game of Shadows

Hay una nueva mente maestra del crimen en libertad y no solo es intelectualmente igual a Sherlock Holmes, sino que su capacidad para el mal, junto a una completa falta de consciencia, es probable que le confieran una ventaja sobre el reconocido detective.

Sherlock Holmes: A Game of Shadows, Guy Ritchie

The League of Extraordinary Gentlemen no será recordada como una gran película, de hecho más de uno ya la debe haber olvidado junto con su guionista y su realizador, quienes no volvieron a trabajar desde su estreno en el 2003. Ese film no obstante es el antecedente más claro del Sherlock Holmes de Guy Ritchie que, más allá de emplear a personajes literarios y compartir al villano, también es cultor de una estética steampunk similar que inunda la pantalla y se ha convertido en marca registrada. Máquinas a vapor, engranajes metálicos, vestuarios y armamentos de época, todo como parte de un estilo victoriano único que se presentaba en la primera parte pero que explota en Sherlock Holmes: A Game of Shadows.

Esta secuela padece de una suerte de efecto hangover, es decir, si la cosa funciona, para qué cambiarla. Si bien no se llega al extremo de calcar la anterior, son muchos los latiguillos y secuencias que tienden a repetirse. Por otro lado, aquello que fue válido una vez, no es garantía de efectividad en un segundo intento. Con esto trato de señalar que el «combate inteligente» del que hace gala el detective más famoso, anticipando cada movimiento y ganando antes de lanzar el primer puñetazo, ya no es una novedad y solo resta dinamismo a una película que de por sí es demasiado dialogada y sobreexplicada.

Jared Harris, en el rol de Moriarty, llena a la perfección el obligado vacío dejado por Lord Blackwood. El ajedrez mental que juega junto a Holmes se toma, sin embargo, bastante tiempo más del necesario para alcanzar las proporciones que uno esperaría conociendo el historial de ambos personajes. Es promediando el final que esto mejora notablemente, cuando la película asume una identidad propia. Allí el ajedrez se torna literal y, antes de ir a lo físico, se da paso al primer duelo intelectual que tiene real sentido dentro de la saga.

A la falta de riesgo en torno a la realización se suman nuevamente esas resoluciones que no convencen, esta vez gracias a los guionistas Kieran y Michele Mulroney, que parecen más bien favorables a la confusión. Con sus fallas técnicas, el film sigue funcionando porque comparte los mecanismos del anterior, con una gran dupla como es la de Robert Downey Jr. y Jude Law, acompañados de logados roles secundarios, como el ya mencionado némesis y el genial Stephen Fry.

6 puntos