Crítica de Shoplifters / Un asunto de familia

Una familia de ladrones encuentran a una bebé en la calle y la llevan a su casa. Aunque son pobres, viven felices, hasta que un secreto sale a la luz.

Manbiki Kazoku, Shoplifters, Un Asunto de Familia

Los Shibata son una familia como pocas otras, pero eso no los hace totalmente diferentes a todas aquellas que dan temerosos pasos para sobrevivir la rutina diaria. Lo que pasa es que, como ruda consecuencia de su pobreza -la misma que los hace casi depender de la pensión de Hatsue (Kirin Kiki), una matriarcal anciana que es dueña de su casa-, dedican parte de sus tardes a robar pequeñas tiendas. Es al lado de este grupo de personas que el cineasta Hirokazu Koreeda busca responder una pregunta que no pocos autores se han preguntado: ¿Qué hace a una familia? Solo que, en este caso, Manbiki Kazoku (Shoplifters, Un Asunto de Familia) da una respuesta tan contundente como desgarradora.

No se necesita pasar mucho tiempo al lado de los Shibata para darse cuenta de que, como cualquier familia, sus mejores momentos son aquellos que comparten bajo la cotidianidad; los instantes que conviven bajo los tórridos días de una Japón en pleno verano. Sin embargo, la aparente calma de sus vidas se ve golpeada ante la llegada de Yuri (Miyu Sasaki), una solitaria niña con la que deciden quedarse tras notar maltrato por parte de sus padres. Pero como en cualquier historia que se apoya sobre la necesidad, la llegada de la cándida joven arranca una serie de azarosos sucesos que, aunque en apariencia y ritmo forman parte de cualquier día a día, sacarán a relucir la verdad detrás de su unión.

Manbiki Kazoku, Shoplifters, Un Asunto de Familia

Escrita, dirigida y editada por el mismo Koreeda, una de las voces más tranquilas y consistentes del cine japonés contemporáneo -desde 2015 ha estrenado una película al año-, su visión de la pobreza en su país natal está alejada de cualquier artificio. En su lugar, opta por dar un retrato que si bien no es deliberadamente crudo, está más que aterrizado en la desprolija y cercana realidad. Las conversaciones del grupo, usualmente protagonizadas por el carismático Osamu -interpretado por un inspirado Lily Franky– mantienen un espíritu alegre y que irremediablemente causan una apreciación por sus miembros. La familia que el japonés dibuja es una de tantas, con sus problemas, virtudes, inquietudes y esperanzas, y el tiempo que se le da a cada uno les hace justicia en relación a su importancia en la historia.

No obstante, Shoplifters tiene algo que narrar, y cuando uno afirma que podría ver la despreocupada vida de esas personas por mucho más tiempo, la respuesta a esa duda que tanto inquieta a su director arremete con latente fuerza, y sin querer revelar de más el punto clave de su argumento, se convierte en un cautivador drama donde las piezas -inteligentemente desperdigadas a lo largo de su justo metraje- comienzan a encajar en su lugar. No es raro que la película haya sido ganadora de la anhelada Palme D’Or -superando incluso a la excelente Ash is Purest White-, pues además de estar filmada en siempre bienvenidos 35mm -un añadido que siempre suma-, la narración es una que convierte a sus dos horas en una ventana hacia una realidad palpable y relevante.

Está de más decirlo, pero esta película japonesa de 2018 es obligatoria para todo aquel que disfrute del cine oriental -ese que este año nos dejó Parasite, el indiscutible magnum opus de Bong Joon-ho-, y queda más que recomendada para los amantes de los dramas con fuertes personajes en su núcleo. Además, está disponible para verse de inmediato en Netflix -por lo menos en América Latina-, con lo que son pocas las razones para no animarse a conocer una de las mejores piezas en la filmografía de Koreeda, y una a la que probablemente regresaré más pronto que tarde.

9 puntos