Crítica de Silence

Dos curas jesuitas del siglo XVII viajan a Japón para investigar acusaciones de persecución religiosa y para saber si es cierto que su mentor ha abandonado la Iglesia.

Silence es un drama religioso de casi tres horas de duración, protagonizado por dos de los actores del momento y dirigido por uno de los mejores directores de la historia del cine. ¿Con qué frecuencia uno se encuentra en cartelera con una película que combina tantas partes aparentemente incompatibles? El estreno de la última producción de Martin Scorsese es todo un acontecimiento que cualquier amante del séptimo arte tendría que apreciar en una sala, sea bueno o malo el resultado. Siguiendo la línea de The Last Temptation of Christ y Kundun, el director se basa en una novela del ’66 escrita por Shusaku Endo para ubicar a los espectadores en un lugar incómodo. Genera debate suficiente como para que el título del film se convierta en mera ironía.

El padre Rodrigues (Andrew Garfield) y el padre Garupe (Adam Driver), dos jesuitas portugueses, se aventuran en el Japón de 1640 en búsqueda de su mentor desaparecido (Liam Neeson). En los primeros minutos Scorsese y su co-guionista Jay Cocks sientan las bases del peligro que enfrentarán los dos personajes en su travesía: en resumidas palabras, Rodrigues y Garupe se enteran que el padre Ferreira, su maestro, apostató en Japón a causa de las torturas infringidas.

Detrás de una fotografía perfecta a cargo de Rodrigo Prieto, Scorsese crea lentamente una fábula religiosa que abrirá un complicado debate una vez culminado el minuto 159. Los elementos para que Silence fuera una película mucho más intensa de lo que es, se encuentran al alcance de su mano. Pero el director de Raging Bull y Goodfellas opta por mantener un ritmo aletargado, embebido de pocas escenas de violencia extrema, que son tan contundentes como el camino sinuoso que atraviesa el protagonista y un grupo de japoneses cristianos en los bosques y aldeas de la isla asiática. A veces reincide y el sufrimiento y la fe del protagonista parecen haber alcanzado un límite, las escenas encuentran la excusa perfecta para resolverse y repetirse, como si fueran situaciones en loop dentro de la película misma.

El director teje el camino de ascensos y descensos del protagonista -Rodrigues, en este caso-, característica cuasi principal de su filmografía. El personaje carga de manera desesperada con la responsabilidad de una catarata de decisiones que permiten reflejar en Garfield un crisol de expresiones impactante. Los secundarios cumplen con su parte, sobre todo el simpático y cruel alcalde interpretado por un magnífico Issey Ogata. Si bien Silence no es lo mejor que dirigió en los últimos años, Scorsese se muestra auténtico, hace gala de su basta experiencia y no le quita en ningún momento seriedad a la trama, al tema explorado. Convierte al espectador, en analogía a su Dios y al de Endo, en testigo silencioso de la travesía.

estrella35