Crítica de The Shallows / Miedo profundo

Una surfista sufre un accidente y queda atrapada en una roca en medio de la bahía. No ve a nadie a su alrededor, sólo una playa desierta a la que debe intentar llegar en su crítico estado. Para empeorar la situación, hay un tiburón blanco acechándola y esperando que la marea suba para poder atraparla.

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En mi experiencia personal, Jaume Collet-Serra no puede hacer películas de género mal. Desde su auspicioso inicio en la violenta e infravalorada House of Wax y pasando por la intrigante Orphan, el oriundo de Barcelona ha ido marcando territorio en el horror con proyectos muy diferentes entre sí. Puede haber quedado estancado con su trilogía de colaboraciones con Liam Neeson en Unknown, Non-Stop y Run All Night, pero lo que mejor le sienta es angustiar a su platea, ya sea mediante borbotones de sangre o con puro aislamiento psicológico. The Shallows viene a recuperar ese terreno que Jaume no tocaba desde el 2009 y su regreso no podía ser mas excepcional, con una historia de supervivencia impresionante y una heroína dura de roer, dos cualidades que hacen de su último trabajo un festín de nervios y situaciones tensas.

En pocos minutos, Collet-Serra y su guionista Anthony Jaswinski establecen a la estudiante de medicina Nancy como una alegre joven, de visita en una paradisíaca playa en México, con todos los tics gringos que tienen los extranjeros. No la hacen quedar como una rubia tarada ni una antiheroína que rechaza lo que no conoce, sino que es una visitante en busca de un pedacito de la memoria de su madre, fallecida hace no mucho tiempo pero que siempre la acompaña. Cuando Nancy finalmente se mete entre las agradables aguas cristalinas es que la acción comienza y, tras un desfile del escultural cuerpo de Blake Lively en las doradas arenas mexicanas y un notable abuso del CGI en las tomas acuáticas de la actriz que son más que evidentes, el escualo gigante ataca y todo se va al garete.

La excusa de The Shallows para varar a su protagonista a escasos metros de la costa es simple, sencilla y aterradora. Con pocos recursos se construye un juego del gato y el ratón pero no en alta mar, sino en la mera superficie -algo que el título en castellano Miedo Profundo no termina de entender, en contraste con su título original-. Pasada la sorpresa del ataque, es cuestión de abocarse a admirar el trabajo de Lively como una víctima que no deja que la situación la desborde, sino que su proactividad se pone en marcha para salir de allí con vida. Hay un gran paralelismo con la excelente Buried, que lo tenía a su ahora marido Ryan Reynolds atrapado en una sola locación durante todo el metraje, y ambos parecen sobrepasar ese nicho en donde estaban ubicados como actores bonitos de poca sustancia. Lively siempre pareció una actriz vacua, pero a partir de ahora rompe barreras con un personaje sentido, enfrentando cada situación a todo pulmón y con el horror a flor de piel. Hay escenas desesperantes y, si en las primeras se mostraba su esbelto cuerpo con lujo de detalles, cuando la crisis la golpee miserablemente la cámara no aflojará su mirada, incluso en los momentos más dañinos donde Nancy esta más que perjudicada.

Gracias al trabajo de Lively y su poderío magnético para mantener al espectador en vilo es que se viven las circunstancias límites de manera asequible, incluso cuando el guión se torna más que inverosímil en su tercer acto y ciertas situaciones se viven con un humor negrísimo y sutil. Es imposible creerse del todo lo que sucede, pero el guión se maneja con la suficiente astucia durante gran parte del camino y es en el final donde se tira todo por la borda en pos de un espectáculo visual un poco digitalizado, pero totalmente gratificante. Es una fina línea entre lo que trajo a colación la mítica Jaws de Steven Spielberg y las insufribles Sharknado, que tanto mal le han hecho al subgénero. Pero de más está decir que The Shallows es un buen mal rato para los espectadores que se animen a sufrir de las desventuras de Nancy.

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