Crítica de The Tax Collector

David es un hombre de familia que trabaja como recolector de impuestos para una banda de mafiosos de Los Ángeles. A su lado va su compañero Creeper, encargándose de que la gente pague o se enfrente a las consecuencias.

The Tax Collector, Bobby Soto, David Ayer, Shia LaBeouf

David (la luz penetra en la negrura, como la leche en el agua). ¡David! (Ayer intenta despertar, pero es como si buceara. Los movimientos van detrás de la orden, parsimoniosos) David. Si me prestas atención un momento, me gustaría que habláramos… (David Ayer frente al espejo se sorprende con el cepillo de dientes en su boca espumosa) sobre lo que pasó con la película (El hombre intenta abrir la boca, sacarse el cepillo de dientes, pero no puede. A su lado, en el retrete, un muñeco sin rostro, pintado de un gris absoluto voltea. David amaga un susto, un pequeño salto de terror, pero sus pies están tan pegados al suelo como su boca) ¿Ves mi cara, David? (David, ahora sentado en la sala, nota que puede moverse con cierta libertad. Se enciende el televisor) Hola, amiguitos (es el muñeco gris). El día de hoy vamos a referirnos a la reciente película de David Ayer: The Tax Collector (risas infantiles, aplausos de foami desganados. David intenta incorporarse, pero a pesar de mover sus extremidades, se siente cosido de la cadera al espaldar del mueble. Es rarísimo todo, piensa). Ustedes como que parece que no les gustó y entiendo perfectamente lo que pasa. Porque recuerdo esa sensación explosiva del trailer. Una trampa cazabobos, pues en el bullía la testosterona, la gasolina, el sudor, la sangre, el pim-pam-pum frenético de la acción, la violencia implícita de un mundo no tan ajeno a nuestra realidad. Pero justo allí, en esa muestra de película, el objeto central de la emoción es el personaje que interpreta Shia LaBeouf. «El cobrador» (el público corea un ‘aaah’). El hombre primitivo que va a lo que quiere e impone su voluntad a fuego. Le pusiste el mote de «Creeper», que es algo así como una enredadera: una especie de planta voraz que te abraza, embulle y mata sin derecho a pataleo. Esa sensación, David, en el público generó expectativas (varios planos de un público amarillo, sin rostro como el muñeco, intercambiando sensaciones. Al muñeco le emergen unos ojos negrísimos de tiburón, pequeños y brillantes, que miran directo a la cámara). Entonces Shia, con esa mala fama, tratando de hacer resurgir su carrera, pues talento le sobra y no es la primera vez que en el cine o en las artes una persona derrumba con los pies su propia genialidad; generó una expectativa adicional. Entonces Creeper acrecienta (los brazos de goma eva del muñeco dibujan una cúpula) la salivación en la presentación de un personaje genial que bien pudiera ponerlo de nuevo en la palestra, presto a entregarnos interpretaciones comprometidas. Ya habías trabajado con él en Fury. Sabías cómo jalaba el novillo. Y muy a pesar del síntoma especulativo con respecto a todo lo que estoy diciendo, da la impresión que algo ajeno a ti hizo que todo se derrumbara. Se convierte el trailer en un bluff, un farol, una finta. Y de repente sale algo como de un sombrero hueco y el personaje de Shia, el más interesante, el más sólido, con el actor más talentoso y vibrante de la película, resultó ser casi un secundario con alguna mediana importancia. ¡Y en la pantalla es innegable su entrega y poder por encima, incluso, de la historia! En sus momentos era como si su presencia tapara los huecos y obviedades de la narrativa. No eres un bebé en este negocio, David, como para no darte cuenta de la pata coja. Y siendo un guionista cabal, que quizá algunos dirán que te repites, que vuelves sobre la misma aura una y otra vez, cuestión que, yendo a los arquetipos, es más que aceptable en cualquier cineasta que lo haga bien. Lo hiciste divinamente en Training Day, hasta en la misma Sabotage, que muchos califican como «inconexa». Películas imperfectas, pero cuando menos redondas. Historias con una lógica creíble que puedes comprar con todo y grasa (el público ríe, pero el sonido es una risa amordazada). Pero The Tax Collector es, en mi humilde apreciación, la peor de tu filmografía. Descuadrada, desbalanceada, desabrida, predecible, y todo a partir del descalabro inexplicable de Creeper. Con actores latinos a los que no se les cree nada, que hasta pareciera que fueron a hacer una novela de Telemundo, y lo digo sin menospreciar (el público asiente. Hay una lágrima en el rostro de David). Hay películas en las que se nota cuando algo fuera de ellas, en el proceso de producción, ya sea por financiamiento, problemas con el elenco, fueros legales o demás, son forzadas a tomar rumbos suicidas. ¿Qué pasó con esta? ¿Te peleaste con Shia y cambiaste el guion para hacerlo tropezar? ¿Algún productor se te montó encima y echó mano en el proceso creativo? ¿Qué pasó, David? ¿Te deprimiste? ¿Te afectó lo ocurrido con Suicide Squad? Merecemos una explicación, y no la hay (aplausos de goma). The Tax Collector pasó por el tubo del desagüe. Y el silencio que duele. Y a Shia le debe doler más el haberse tatuado el pecho completo, ¡de verdad! Una mancha en tu carrera y en la de un actor que, si, debe buscar encausar un poco su carácter, pero cuyas virtudes son innegables. Una película que en definitiva tiene más de harakiri de lo que quisiéramos (David Ayer da un frenazo justo antes de estrellarse contra un autobús delante de él. Ahora respira. Trata de hacer como si nada ocurrió).

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