Crítica de Uncut Gems / Diamantes en Bruto

Howard Ratner, un carismático joyero de Nueva York, debe hacer equilibrio sobre la cuerda floja balanceando negocios, familia y adversarios invasores en todos los frentes para dar con su golpe de suerte definitivo.

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Sandler bajo control.

En el cine solo existen dos géneros: ficción y documental. Lo demás son estratificaciones justificadas, claro, que sirven para no perdernos como creadores y ubicarnos como espectadores. Sin embargo, a pesar de tener a estos dos gigantes hermanados en la cúspide, la ficción ha tenido los aires que, dentro de esa compleja forma tribal de colocarnos en la pirámide social, lo ubican como el mejor, cuando no es así. Algunos se confunden a la hora de emparentar géneros, sexualidades, disciplinas, países. Empezamos a comparar peras con naranjas en la búsqueda de un conflicto innecesario y aburrido. Esas comparaciones odiosas que han arrinconado al documental, quedan en el suelo cuando desde este han devenido muchos creadores -hagan el ejercicio de buscar directores de fotografía o realizadores que salieron del documental- que enriquecieron la ficción con el pulso de aquel, con tal fuerza que esta última terminó por desdibujarse en la gloria.

Werner Herzog es uno de los grandes ejemplos de cómo la forma del documental nutrió su estilo para traernos joyas como Fitzcarraldo, película que mantiene ciertos paralelismos con Uncut Gems, la más reciente obra de los –geniales e ignorados- hermanos Benny y Josh Safdie. En esta, Howard Ratner, un vendedor de joyas de origen judío interpretado por un Adam Sandler en su cenit -al nivel de Klaus Kinski–, como perro de caza no se rinde ante la cercanía de su presa: la venta de un raro ópalo venido de Etiopía, el cual podrá no solo ayudarlo a saldar sus deudas, sino colocarlo en una situación económicamente envidiable. El billete de lotería. El paralelismo con Fitzcarraldo y la persecución del hombre tras sus sueños. El ostracismo viril en la búsqueda del título de rey de la comarca: la melena del león es registro histórico de atenazar lo imposible. Es así como Howard, en un impecable desarrollo de la ley de Murphy, encadena una serie de sucesos y personajes, bien delineados y cuya interacción desvía el pin de este juego de mesa donde la ambición por el dinero puede llevarte a un nivel de riesgo que, en tu sano juicio, no tomarías jamás.

A Sandler, la máxima joya de la película, quien se quedara con el papel después de que Jonah Hill lo tenía en el bolsillo –en la mesa estuvieron nombres como Harvey Keitel o Sasha Baron Cohen-, le viene bien la discusión sobre la calidad de sus proyectos habituales, que se diferencian mucho de este. En Uncut Gems no debe ser casual que su mítica máquina de hacer plata con comedia pastelera, la Happy Madison, no esté inmiscuida en la producción. A diferencia de Punch-Drunk Love –una de mis favoritas de Paul Thomas Anderson–, donde interpreta a un hombre con ciertos rasgos similares a los personajes que está acostumbrado pero a otro nivel, aquí desciende muchísimo en términos morales.

Uncut Gems, Diamantes en Bruto, Adam Sandler, Safdie, Lakeith Stanfield, Kevin Garnett

Uncut Gems es el retrato de la desviación. La familia, en su concepto, termina siendo un adorno de sofá: está allí, justificas todo por ella, pero no es cierto. El dinero se expande como un Dios que le permite a Howard, un infeliz poco agraciado y en lo absoluto ejemplar, conquistar el mundo en base a mentiras y promesas difíciles de cumplir, pero que, al fin y al cabo, esos entuertos podrán resolverse siempre con una faja de billetes. Máxima del capitalismo.

La cámara de los hermanos Safdie, a la forma documental, pareciera moverse en tanto no molesten a los personajes. La fotografía es sucia, llena de reflejos, granos y ruidos. Hay bellos momentos de calma, de cierta estabilidad, que no los justifica la historia, sino la música de Daniel Lopatin, lo que la hace profundamente artística. El lenguaje es de arrabal cósmico: las estrellas soltando ratas por la boca, y está bien. Un guion justo, detallado, limpio en las aristas de la forma, como un féretro en púrpura brillante. Los espectadores vamos en bajada al averno, y aunque por momentos pareciera que el destino será bueno, condescendiente y feliz, pronto la realidad, como látigo del karma, castiga de la forma más inesperada.

Destacan las actuaciones: todas creíbles, interesantes, cuyo trazo deja huella en la película. Sobre todo la de Kevin Garnett, un basquetbolista que, interpretándose a sí mismo, lo hizo muchísimo mejor que otros como Michael Jordan o Shaquille O’Neal, a los que en su momento no se les creyó nada. Esto habla de los sentidos de los hermanos Safdie, y el por qué valdría la pena revisar su filmografía.

8 puntos