Crítica de Wonder Woman 1984

En 1984, en plena Guerra Fría, Wonder Woman se enfrenta al empresario Maxwell Lord y a su antigua amiga, Barbara Minerva.

Wonder Woman 1984

Esta crítica se publicó el 28 de diciembre del 2020.

2020 no tuvo superhéroes en la pantalla. Sí, hubo villanos en búsqueda de emancipación, jóvenes mutantes que comenzaron a definir su camino y héroes corruptos cayendo en picada por sus propias ambiciones, pero jamás algo de corte clásico, como cuando las historietas nacidas a partir de la pluma de Paul Dini y Alex Ross hacían lo que mejor se le da a un Superman, un Shazam o una Wonder Woman: llenar de esperanza. Ahora llegó la época donde el streaming y la pantalla grande comparten tanques de Hollywood al mismo tiempo, y la primera película en estrenar este nuevo formato de distribución, que permanecerá por todo el próximo año, es una que también cubre la cuota de heroísmo que tanto hizo falta, hablo de la muy esperada Wonder Woman 1984.

A día de hoy, no son pocos los que consideran a su antecesora -estrenada en 2017-, protagonizada por la carismática Gal Gadot y dirigida con muy buen pulso por Patty Jenkins, como una de las mejores piezas del cada vez más interesante y variado DCEU. Y sabiendo esto, el rumbo que se pudo tomar era el de repetir la jugada, introducir a su protagonista en la siguiente Guerra Mundial, y enfrentarla a más dioses de la mitología para dar un resultado similar. Y no, el planteamiento para la segunda entrega de lo que finalmente será una trilogía es bastante diferente a lo que se podría imaginar, pues «1984» es muchas cosas, entre ellas una suerte de homenaje a Wishmaster, de Wes Craven, y también al Superman de Richard Donner, al igual que un recordatorio de Jenkins a todos los temas personales que se han mantenido en su filmografía y, sobre todo, una secuela que jamás se permite ser continuista.

Como no puede ser de otra forma, la película arranca con una de sus mejores secuencias. En ella, una joven Diana Prince concursa en una competencia tradicional de Themyscira, una que a su vez enseña las principales fortalezas técnicas detrás del proyecto: la dinámica fotografía de Matthew Jensen da el vértigo necesario a la carrera en las alturas, acompañada también de la siempre notable musicalización de Hans Zimmer. La escena termina revelando el discurso que el guion de Jenkins, Geoff Johns y Dave Callahan tienen preparado, «ningún verdadero héroe surge de mentiras», y para cuando se hace el salto al año orwelliano ya se tiene bien claro el tono de la película, con un robo a un centro comercial que no tiene miedo de ser lo más «campy» posible.

Wonder Woman 1984

Es entonces que, a ritmo calmado, se empiezan a presentar los nuevos personajes de la aventura. Quien más destaca es Pedro Pascal como Maxwell Lord, un megalómano que ha descubierto el secreto detrás del cumplir los deseos de los demás. Su actuación, entregada a niveles de histrionismo de un Nicolas Cage, es la más inspirada y entretenida de la película, que lo apoya bastante con una historia que resulta sentimental y entrañable. No se puede decir lo mismo de la otra figura antagónica: la Barbara Minerva de una Kristen Wiig que cumple pese a estar atrapada en el antiguo -y francamente cansino- arquetipo de la persona que anhela ser como el o la protagonista, un camino que recuerda a la -mucho mejor llevada- Catwoman de Batman Returns o al olvidable Electro de The Amazing Spider-Man 2.

Junto a los mencionados, uno de los pocos miembros del elenco que está de regreso es Chris Pine con su memorable Steve Trevor. Su manera de regresar a la vida de Diana es de las cosas que mejor están resueltas en el libreto, aunque por las mismas limitaciones que se establecen, el personaje no llega a brillar tanto como lo hacía en la primera entrega. Sigue presente la química que maneja con Gadot -quien vuelve a demostrar que el papel le viene como anillo al dedo-, pero aunque la película es alrededor de diez minutos más larga que su antecesora -dura poco menos de dos horas y media-, sus momentos quedan como poco al lado de los de Max Lord y sus planes, una subtrama que busca presentar una suerte de crítica muy poco sutil a los tiempos actuales, aunque siempre con el espíritu ochentero.

Lo más llamativo de Wonder Woman 1984 es su manera no tan convencional, al menos para un tanque de este calibre, de presentar su historia. Dejando de lado que su larga duración se enfoca principalmente en narrar una historia que se apoya mucho de la permisiva lógica de las historietas, llama la atención que, pese a tener un titánico presupuesto de 200 millones -el cual, seguramente, terminó en la muy buena recreación de la época-, las grandes set-pieces se pueden contar con los dedos de una sola mano y jamás tienen los niveles de ambición del tercer acto de, por ejemplo, la divertida Aquaman o Man of Steel. Lo mismo se puede decir de su fotografía, que cuando no recurre al formato IMAX o no está presentando una de las pocas escenas de acción -ocasionalmente estropeadas por el CGI-, recurre a un muy vistoso estilo que recuerda al formato instaurado desde los ’60 que es propio de las cámaras Panavision.

Es complicado que los seguidores acérrimos del arranque del DCEU, ese con el estilo sombrío de Zack Snyder, queden igual de satisfechos con Wonder Woman 1984. Su espíritu optimista y heroico, inclusive absurdo por momentos, la hermanan con Aquaman y Shazam!, con una aventura que prefiere tomarse las cosas con calma y que casi nunca muestra las grandes hazañas épicas de Diana Prince en las historietas, pero es porque está más centrada en presentar una trama que, aunque irregular y un tanto alargada, es incuestionablemente encantadora y está llena de momentos memorables. En un año donde los grandes blockbusters brillaron por su ausencia, es bueno que se pueda cerrar en una nota positiva y recomendable.

7 puntos