Crítica de Yo, adolescente

Tras el suicidio de su mejor amigo y la tragedia de Cromañón, entre recitales, fiestas ilegales en un galpón abandonado y la escuela secundaria, la vida de Zabo se convierte en un remolino de emociones que irá descargando en su blog.

Un grupo de jóvenes en tiempos post-Cromañón, el despertar sexual y los debates internos con respecto a las relaciones y a la vida misma nos invitan a disfrutar de esta cruda adaptación cinematográfica del libro homónimo de Zabo. Nicolás Zamorano (Renato Quattordio), Zabo para los amigos, tiene 16 años y su historia comienza en el verano del 2005, en pleno caos de la adolescencia con el suicidio de su mejor amigo y reprimiendo todo sentimiento al respecto, frente a un mundo que lo satura emocionalmente y lo acecha para etiquetar cada parte de su vida. Está enamorado de su amiga, no se puede relacionar con su familia y vive ocupado en organizar fiestas clandestinas en un refugio inhabitado. Pero todo aquello que no puede expresar en voz alta lo vuelca en palabras en su blog Yo, adolescente y, por momentos, esta desordenada narración literaria se superpone a la visual, remarcando en off también sus ideas para acentuar el ímpetu puber.

Lucas Santa Ana (El cazador, Como una novia sin sexo) traspone la historia de Zabo con un estilo auténtico y deconstruye de manera natural la visión juvenil sobre la vorágine adolescente. Generalmente abordada en el cine desde un punto de vista adulto y generalizando muchos aspectos, el director aprovecha las notables actuaciones del elenco para plantearla más próxima y verdadera. Malena Narvay (El Host), Thomas Lepera (El jardín de Clarilú) y Jerónimo Bosia (Cien días para enamorarse) acompañan al protagonista y dan rienda suelta a una mezcla de tramas y conflictos comunes de la edad, consolidando así un verosímil acercamiento a la psiquis de los personajes en medio de este desconcierto de transformaciones que rechazan cualquier futuro prefabricado. Su compromiso con el film es tal que incluso algunas de las canciones son interpretadas por ellos mismos.

Sin frenar el ritmo en ningún momento, la obra de Santa Ana no escatima a la hora de aludir a cuestiones sustanciales como el aborto, el suicidio, la bisexualidad y muchas más que, lejos de suavizar las complejidades del autodescubrimiento, importunan con conclusiones no esperadas. Como aprende Zabo desde el comienzo: adolescencia significa adolescer; siendo justamente estas confusiones amorosas o el descubrimiento de sensaciones nuevas donde la trama encuentra el rumbo. Enredos, amoríos no correspondidos y un joven que siente cómo la sociedad le exige pensar en el mañana cuando aún no vislumbra un atisbo de coherencia en su presente.

La fatídica noche de Cromañón aparece tácita como ambientación general, al igual que bandas de punk rock como musicalización de época disponiendo un viaje congruente de 15 años al pasado, donde los jóvenes buscaban alternativas para la música y el pogo. Con un final sentido aunque un poco abrupto, este poderoso testimonio obsequia una mirada distinta a este radical proceso de desvelo que solemos llamar adolescencia. Su estreno por CineAr TV, hoy y el sábado a las 22hs, es una encarecida recomendación a tener en cuenta ya que querrán volver a verla más de una vez.

9 puntos