Crítica de Zombieland: Double Tap

En esta secuela, el grupo viajará desde la Casa Blanca hasta el corazón de Estados Unidos, sobreviviendo a nuevos muertos vivientes y a algunos supervivientes rezagados. Pero, por encima de todo, tendrán que soportarse entre ellos.

Zombieland: Double Tap

Zombieland: Double Tap ha estado en planes por años. Desde que la primera fue un éxito de crítica y taquilla, allá por el lejano 2009, se planteó la posibilidad de continuar su historia. Y sin embargo, los tiempos se estiraron de tal forma que parecía que una secuela nunca se iba a materializar. Finalmente los planetas se alinearon, las agendas de todos los involucrados coincidieron y se volvió a traer a la acción al cuarteto central, con Ruben Fleischer (Gangster Squad, Venom) otra vez detrás de cámaras y la dupla de Rhett Reese y Paul Wernick (Deadpool) nuevamente en el guion. Mismo equipo para hacer nuevamente lo mismo, dado que esta continuación elige volver a tildar todos aquellos casilleros en donde la anterior se destacó, sin pretender abrirse nuevo camino y más bien como una gira de grandes éxitos de una banda que se reúne.

La vida en esta tierra de zombies se ha mantenido estable a lo largo de estos diez años. Hay muertos vivos que presentan una mayor amenaza para los sobrevivientes, pero el cuarteto tiene su funcionamiento lo suficientemente aceitado como para que estos representen algún tipo de riesgo. La acción se pone en marcha cuando Little Rock, la más pequeña del grupo y con la mayor necesidad de salir a explorar el mundo, decide abandonar a su familia improvisada, con lo que es tarea del resto el ir en su búsqueda. En el camino hay nuevos vehículos y casas para usurpar, un nuevo refugio/paraíso para los humanos al que aspirar e incluso un nuevo ídolo de Tallahassee al que se busca llegar –en la primera fue Bill Murray, en esta Elvis Presley-. Pero la vuelta es, básicamente, en círculo.

Zombieland: Double Tap

El humor autorreferencial y la irreverencia están bien presentes en esta segunda parte, que afortunadamente sabe bien cómo hacer reír. Lo hace a base de elementos reciclados para la nueva ocasión, lo cual no implica que no funcionen. Una particular diferencia respecto a la anterior, lo cual facilita que haya más comedia, es que hay más humanos sobrevivientes por fuera de nuestro querido cuarteto. En la original se veían a otros seres vivos, pero solo como parte de lo que Columbus contaba de su vida antes del brote o algún gag en particular –la muerte zombie de la semana, por ejemplo-.

En esta hay incorporaciones de peso, como la de una Zoey Deutch que se roba todas las escenas en las que está presente. Su Madison, el perfecto estereotipo de una rubia sin cerebro –y, contrario a lo que se supondría, una improbable superviviente del apocalipsis-, es capaz de opacar a la Wichita de Emma Stone, con quien la película no supo bien qué hacer. Encontró su lugar en el mundo hace 10 años, con lo que ahora se define en base a sus relaciones, tanto con su hermana como con el personaje de Jesse Eisenberg. También son parte de la mezcla Luke Wilson y Thomas Middleditch como Albuquerque y Flagstaff, dopplegängers de Tallahassee y Columbus que proveen algo de metahumor e incluso alguna enseñanza para los protagonistas. Nada particularmente desconocido para ellos.

El punto final de la original no es el punto de partida para esta segunda parte, sino que nuevamente es punto de llegada. Quizás no hay mucho más para explorar dentro del universo Zombieland que no se haya hecho ya. Como sea, es un divertido repaso a ciertos elementos que funcionaron de maravilla en la original, a la fórmula, más allá de que solo resulten en nuevas versiones de temas conocidos. Pero quién puede decirle no a un Woody Harrelson que se divierte como nunca, demostrando nuevamente que es el número uno en el negocio de matar zombies.

6 puntos