Crítica The Infiltrator / El Infiltrado

Se trata de un thriller basado en la autobiografía homónima de Robert Mazur, un agente que vivió la gran vida de los más poderosos carteles colombianos mientras utilizaba su alias encubierto «Bob Musella», todo al tiempo que grababa evidencia que culminaría en una redada importante.

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Cuando interpretar se torna una constante, se decanta que las realidades se confundirán tarde o temprano. The Infiltrator es un relato policial, a su vez verídico y resonante en los tardíos años 80, que bien vale la pena el análisis, mas como film esconde en un trasfondo una lección inherente al cine desde hace más de un siglo: la identificación.

Robert Mazur es interpretado aceptablemente por Bryan Cranston, quien parece acostumbrado a trabajar en roles que desdoblan su personalidad. El protagonista principal es aquel que enseña el mundo del relato al espectador, por lo tanto es la clave para que este entre en la narración. Pero lo más importante es el film integralmente, en constante transformación. A medida que progresa, es efectivo cómo el ambiente comienza a enrarecerse, los colores se alteran y la imagen abandona su naturalismo tornándose altamente expresiva. La cámara adopta posiciones y movimientos extraños. La realidad de Mazur parece ser artificiosa, se explicita una gran mentira y lo que es real en un principio, tanto para él como para el público, su familia y su trabajo, desaparece. Una progresión muy paulatina y altamente disfrutable como cúspide de la dirección encarada por Brad Furman.

El espacio resulta el último elemento del cual asirse ahora que lo proyectado frente a los ojos es ambiguo. Aquí es donde el montaje de forma soberbia pone un freno a esta ultima esperanza. El espacio continuo comienza a disgregarse, alterarse y descontinuarse, altera el tiempo del relato. Definitivamente no solo deja de haber un camino fiable, ya no hay camino en absoluto.

En esta obra que montan Mazur, Abreu (un John Leguizamo realizando un trabajo ejemplar), Diane Kruger y todo el equipo de Aduana en las sombras, los personajes son tan importantes como los momentos en los que aparecen. Si hablamos de obras sobre mafias, The Godfather resulta una inspiración ineludible, es así que la guionista, Ellen Brown Furman, toma la decisión de desplegar personajes en diferentes momentos del conflicto, para resignificarlos con una identificación potenciada de por medio. Cuando estos elementos se aúnan en el clímax, la interpretación ya se ha vuelto la realidad.

The Infiltrator carece de compromiso expreso con una crítica social hacia el propio sistema norteamericano, cómplice monstruoso de la compra y venta de drogas. El caso real claramente debió haber sido mucho más crudo y sucio de lo que el film, edulcorado un poco más de la cuenta, deja ver. Pero a la vez esta elección de no mostrar tiene el tino de crear un halo brutal y salvaje alrededor de Pablo Escobar y el mundo del narcotráfico, sin tener la necesidad de enseñarlo.

Aproximándose el final, asalta en la conciencia del espectador un interrogante alarmante: ¿Cómo se puede sentir empatía por estos criminales? Esto sucede porque la narración no tropieza con el habitual cliché de extremar los bandos que combaten entre sí, la Aduana y la mafia. El personaje de Amy Ryan resulta tan detestable e inhumano como fiel y confiable el de Benjamin Bratt, un líder mafioso. A fin de cuentas estos criminales son, antes que nada, personas.

The Infiltrator es efectiva porque lo importante no son los detalles burocráticos del mundo del hampa sino porque logra que este mundo se vuelva el lugar de pertenencia de un público que sufre por el enemigo. Lo mismo que le sucede a Mazur. Finalmente el film es una metáfora de la representación y la fuerza que tiene este, para que durante dos horas seamos también criminales.

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