Game of Thrones – Recap 08×05: The Bells

Las fuerzas llegaron a Desembarco del Rey para la batalla final.

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Los episodios de Game of Thrones no resultan tan divisivos como “The Bells”, uno que para bien o para mal abrazó por completo el rumbo que se decidió para esta temporada final.

Sus primeros minutos remiten a “Stormborn”, el segundo capítulo de la séptima temporada, con el diálogo entre Daenerys y Varys acerca de la lealtad. En ese, la Madre de los Dragones confrontó a la Araña respecto a sus lealtades cambiantes. Él, después de todo, sirve a cualquier monarca que se siente en el Trono de Hierro y, si no le gusta, conspira para que ascienda el próximo. El Maestro de los Susurros manifestaba que su brújula moral se definía en base al pueblo, a él es a quien debe su fidelidad, a las personas que conforman al Reino y no a quien se sienta por encima de ellos. Él prometió que, si alguna vez ella le fallaba al pueblo, la miraría a los ojos y le diría cómo les estaba fallando. Ella juró que, si no lo hacía y conspiraba a sus espaldas, lo quemaría vivo. Los dos conocían las reglas del juego. Al descubrir la verdadera identidad de Jon Snow, Varys tomó una decisión conociendo de antemano las repercusiones. Primero complotó con Tyrion. Luego expresó lo que pensaba a Jon. Nunca a su reina. Y su traición es castigada con la muerte. En el final tiene una despedida de su viejo amigo, quien en última instancia lo entregó. Cada uno tomó su decisión a partir del diálogo del capítulo anterior. El Enano dudó, Varys no. Y el tiempo le dará la razón al segundo.

Con el fuego de la chimenea detrás suyo, Daenerys habla con Jon y acusa a Sansa de ser tan culpable como ella de lo ocurrido. No hay amor por la Madre de los Dragones en Poniente, como ha comprobado desde que llegó a sus costas. En un nuevo intento por acercarse en forma íntima, él la rechaza otra vez. Si no es amor, que sea miedo. No hay medias tintas. Tyrion hace un último intento por moderar su temperamento. Si las campanas suenan, la ciudad se rindió. Sabemos cómo terminó ese pedido y ambas escenas son buenos ejemplos de cómo se han visto reducidos Jon Snow y el Enano en esta temporada final. El enamorado Rey del Norte ha optado por una obediencia debida a su Reina, la cual se pondrá definitivamente a prueba y se romperá con el asedio a Desembarco del Rey. El menor de los Lannister ha fallado una y otra vez como Mano. Solía ser excelente en juzgar personalidades y un gran entendedor del juego de tronos, pero se ve superado por la situación una y otra vez, reducido a peón de otros.

En un último acto de insensatez y traición como la inepta Mano de la Reina en la que se convirtió, y facilitado por los autores para que tenga una apropiada y emotiva despedida, libera a Jaime de su encierro para que pueda ir a buscar a Cersei. La ciudad caerá, miles morirán. Ella no tiene que hacerlo, su hijo tampoco. Que suenen las campanas y él podrá huir junto a su amada, en un bote debidamente acomodado por Davos.

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La ciudad se prepara para la inminente batalla y desde el cielo desciende Daenerys arriba de Drogon, diezmando a la Flota de Hierro y a sus escorpiones. Es una secuencia espectacular que sigue con una destrucción total de la Compañía Dorada, desde adentro y atrás, así como también a las defensas montadas sobre los muros de la ciudad, que queda totalmente rendida a los pies del ejército de la joven Targaryen. Cersei está en un completo estado de negación, una respuesta común para otros testigos de lo ocurrido. La Fortaleza Roja nunca ha caído, sus hombres pelearán por ella. Qyburn trata de hacerla entrar en razón, en vano. Finalmente suenan las campanas. El Ejército real suelta las armas. La batalla está ganada. El Trono es de la Rompedora de Cadenas. Y desde ahí, la locura.

En el proceso, Euron enfrenta a Jaime. El Matarreyes termina por vencer y malherido logra llegar hasta su hermana. Alguna vez expresó que le gustaría morir abrazado a la mujer que ama. La serie le permitió encontrar su humanidad, pero siempre fue ella su motivación. En sus minutos finales, Cersei se muestra vulnerable como pocas veces se la vio. Ante la inevitabilidad de la muerte, teme. Por ella, por su hijo. Cae bajo los escombros de la fortaleza que a toda costa trató de conservar. Es un final poético para un personaje que hizo tanto daño.

Arya y El Perro están en Desembarco del Rey en pleno asedio. La ciudad se desmorona a su alrededor pero los dos siguen adelante, firmes en el camino elegido. En el tramo final, él le suplica que se vaya. Él sabe lo que pasará si siguen adelante. El destino es uno solo. Hace entrar en razón a una niña que ha llegado a querer, que le enseñó que había algo más en la vida que solo muerte. Ella lo llama por su nombre y le agradece. Sandor ha buscado ajustar cuentas con Gregor desde toda su vida. Y el otro, una especie de muerto vivo implacable y descerebrado, todavía recuerda. Mata a su creador Qyburn y abandona a su suerte a su Reina, para enfrentarse al hermano cuyo rostro quemó por algo tan nimio como jugar con sus juguetes. Miguel Sapochnik opta por la edición rápida antes que por la batalla coreografiada, por el montaje paralelo entre el Perro que cae junto a Arya y se levantan los dos para seguir adelante, él para vencer a quien lo ha atormentado a lo largo de su vida, ella para escapar de una tormenta de fuego y escombro que cae sobre la población -lo que da lugar a algunas terribles imágenes de impactante fotografía-. La Montaña tiene una fuerza descomunal. El Perro lo hubiera vencido si se tratara de un ser humano, pero es maldad pura hecha carne putrefacta. Es lo que siempre fue, aunque ahora se muestra como tal. Y cuando Ser Gregor está por aplicar sus pulgares sobre el cráneo de su hermano, Sandor atraviesa su ojo con un puñal. No es suficiente para destruir a esa imponente máquina de matar y él toma la única decisión posible: saltar al vacío junto al otro. Hacia el mar de fuego, superando sus miedos. Lo que empezó su historia, es lo que la termina. Y Sandor Clegane ve completo su arco, uno de los más satisfactorios de la serie para uno de sus mejores personajes.

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Daenerys abraza por completo el destino de la Reina Loca, rumbo que los escritores aplicaron con trazo grueso en los últimos episodios, y cumple con el deseo final de su padre. No hay amor para ella en Desembarco del Rey. Prosperar y ganarse el favor de la gente no está en sus planes. Emprende el vuelo en dirección a Cersei pero, en lugar de ir contra ella, decide arremeter contra la gente. Aquellos que le niegan su amor. Como Aegon arriba de Balerion, el Terror Negro, asola la ciudad desde los cielos y la cámara se ubica desde el suelo, al nivel de un pueblo que no tiene escapatoria. La destrucción es inevitable. Tyrion observa a la distancia, con un gesto mezcla de desesperanza y sorpresa. El mismo semblante de Jon Snow, que es testigo de cómo Gusano Gris ataca a soldados desarmados que se rindieron. La historia se repite.

“Cada vez que un Targaryen nace, los Dioses lanzan una moneda” reza el dicho. Varys lo recuerda en este episodio, Cersei lo expresó allá por la segunda temporada. En cada cara de la moneda hay locura o grandeza. Dany parecía destinada a lo segundo, pero la sangre es más fuerte. No se puede escapar al destino y la serie lo ha dejado siempre en claro, pero el suyo no parecía ser este. En ese sentido, que ella llegue a cumplir con el deseo del Rey Loco, se siente forzado y apurado. Hubo una apresurada sucesión de eventos en esta temporada final que sirvieron como el disparador de esta reacción. Una que va en contra del desarrollo de personaje a lo largo de los años anteriores. Que no es su padre, que no quiere tiranía, que no quiere gobernar sobre las cenizas. Game of Thrones se ha caracterizado siempre por no jugar a lo esperado, pero incluso lo más sorpresivo ha tenido una razón de ser. La muerte de Ned Stark, la Boda Roja, la ejecución de Jon Snow, la voladura del Septo de Baelor, todo anclado a un desarrollo acorde a los personajes y a sus elecciones. Por alguna razón se decidió un número reducido de capítulos, lo que ha generado que todo se sienta acelerado.

Ya no es un apuro de llegar del lugar A al B de una escena a la otra, elipsis necesaria en favor del avance de la trama. Acá es llevar al estado mental de un personaje del punto A al Z, con una serie de hechos trágicos pero sin la debida exploración a su psiquis. El problema no es que Daenerys sea la Reina Loca. El problema es cómo se llega a esa instancia. Ella destruye Desembarco del Rey desde los cielos, arriba de su dragón, y la cámara no muestra su rostro por los últimos 35 minutos de The Bells. Son los creadores definiendo que lo que ha llevado a Daenerys hacia ese punto, ya no es más. Es un dragón que destruye todo a su paso. Es sangre y fuego. Faltó un episodio que explore más a fondo y ate esa locura al personaje que conocimos. Cersei podría haber hecho algo así y de hecho lo hizo. Nunca le importó asesinar a miles de inocentes para conseguir lo que quiso, con lo que la acción en la serie se siente apropiada. Daenerys, en cambio, sí se preocupó por la gente. Es la Rompedora de Cadenas, por todos los cielos. Se podría haber llegado a una instancia en la que fuera coherente que ella estuviera arriba de un dragón aniquilando a una ciudad entera, en la que eso estuviera motivado por el desarrollo del personaje. No un acto irracional de destrucción en masa después de haber ganado la guerra. No tiene sentido, más que un golpe de efecto, de esas cosas que Game of Thrones siempre hizo, pero en forma diferente. Quizás algún día se explique por qué se resolvió hacer una temporada final de apenas seis episodios.