Retrospectiva M. Night Shyamalan – Parte 4: «Signs»

¿M. Night Shyamalan con Mel Gibson y Joaquin Phoenix? Sí, por favor.

CAPITULO 4: UNA NUEVA DIRECCIÓN

Una de las mayores virtudes de un gran director es saber maquillar los distintos géneros que trabaja y disfrazarlos como parte de una fusión entre otro tipo de historias para, al final del día, poder mostrar algo distinto.

Si tenemos en cuenta que Sexto Sentido mezclaba el Thriller psicológico con el terror y que Unbreakable combinaba el suspenso con elementos de ciencia ficción, resulta interesante ver de qué se trató la tercera incursión de M. Night Shyamalan en el género fantástico.

A partir de la idea de una invasión alienígena vista a través de los ojos de una familia, Señales se trató de la película que más fácil le resultó escribir y dirigir, siendo a la vez su film más “accesible” para el público general, describiéndola como la más “pochoclera” (término que detesto) de toda su filmografía.

Sin desviarse de sus géneros preferidos, el director planeó la película mientras finalizaba su proyecto anterior y se compenetró tanto con la escritura que decidió trabajar por instinto con muchas cosas: Empleó nuevamente la técnica de realizar Storyboards de toda la película para tener una idea fija de cada ángulo y posición de la cámara para una referencia precisa a la hora de transmitir exactamente lo que él quería decir, e inclusive envió el guión completo a su usual compositor, James Newton Howard, que empezó a componer la música sin que la filmación haya empezado siquiera.

Esto habla de una confianza ciega en el material que trataba de plasmar en papel y que luego sería trasladado a una película excelente y, me arriesgaría a decir, infravalorada.

Señales sucede casi enteramente en los paisajes solitarios del campo, más específicamente en la casa de Graham Hess (Mel Gibson), un ex-cura que pierde su fe en Dios después de una tragedia familiar. Vive con sus dos hijos y su hermano (Joaquin Phoenix) y su tranquila convivencia se ve alterada cuando repentinamente distintos símbolos gigantes aparecen en su plantación de maíz, en lo que parece ser una prueba de que no estamos solos en el universo.

Se trata de una gran obra donde, dentro de lo sobrenatural, el mayor peligro pasa por la pérdida de la fe en uno mismo y en algo más y sobre qué espectro de la vida nos encontramos parados: Creyendo en las señales o abogando por las casualidades.

Se encuentran presentes ciertos elementos clásicos del cine del director: El agua como elemento de salvación y a la vez de debilidad, el accidente de tránsito que marca el conflicto interno del personaje de Graham Hess y hasta el reflejo en distintas superficies de cristal, insinuando sobre el final, en una de las escenas más aterradoras de toda la trama, que el enemigo a veces se encuentra presente hasta cuando no nos damos cuenta.

La película empezó a filmarse el día después de los atentados del 9/11, lo que implicó que la carga emocional que la historia contenía fuese distinta. La primera escena filmada correspondió a la despedida que el personaje de Mel Gibson tiene con su esposa en su fatídico accidente (algo que te dicen en los primeros 5 minutos de película, no te preocupes) y, como si se tratara de una infeliz casualidad, terminó haciendo que todos se involucraran sentimentalmente con los personajes y la situación que estaban viviendo que, al igual que aquel atentado, no tiene explicación.

La incertidumbre e indignación que se logra al no tener idea de por qué y cómo es que una invasión llega a la tierra es uno de los fuertes de la película porque sólo vemos lo que causa emocionalmente en esta familia. En ningún momento se explora el pánico mundial, las repercusiones políticas ni ningún otro aspecto, lo que ayudó a que nos mimeticemos con esta familia atascada en el medio de algo imprevisible.

Lo que rodea a esta película en primera vista es un cierto aire Spielbergiano. Dentro de la simbología de sus películas se encuentran temas como la familia, la fe y, aún más importante, la unión, que resultan centrales en el génesis de esta historia.

La estructura de la cinta es entonces una amalgama de todos estos temas y la clave radica justamente en la austeridad a la hora de profundizar en la invasión extraterrestre en sí, guiándonos únicamente por los reportes televisivos y los avistamientos que se suceden en ese campo escalofriante y sombrío.

Como también es usual en el cine de Shyamalan, podemos desglosar la película por partes, donde hasta podemos analizar su título, que puede referirse a los mencionados símbolos que aparecen en distintas partes del mundo o, leyendo entre líneas, a las distintas señales que el personaje de Mel Gibson reclama y que podemos ver a lo largo de la trama sutilmente.

Desde el símbolo de una cruz que ya no está donde debe estar, hasta la manía de Bo, la hija menor, con el agua y su supuesta contaminación, algo que “paradójicamente” resulta una señal cinematográfica una vez que nos acercamos al final.

Pueden notar también que algunas escenas se filmaron y dividieron en partes:

  • El paseo por el pueblo, separando a cada personaje en distintas situaciones acorde a su personalidad hasta reunirse en el restaurant.
  • La siguiente escena en el auto con el intercomunicador también está diagramada de esta manera: sucede en la incertidumbre e incredulidad de la charla dentro del vehículo, la duda filmada entre las puertas y ventanas y finalmente la sorpresa de la revelación y la unión entre todos los miembros en el techo del auto.
  • La película en sí puede verse como un acto en tres partes: Los exteriores del principio donde se empiezan a avistar cosas extrañas, la casa en la mitad (donde se aprovecha al máximo esta locación, hasta implicando el infierno personal que los Hess viven, en el lugar más oscuro y recóndito del hogar) y los exteriores nuevamente al final, completando el círculo.

Todo el mínimo reparto logra destacarse: Mel Gibson compone a uno de los mejores personajes de su carrera, completamente a contramano de lo que siempre fueron sus héroes de acción o la persona a cargo de salvar la situación, siendo simplemente un hombre viviendo la impotencia de no poder salvar a su familia ante semejante evento, rememorando constantemente la impotencia de no haber podido salvar a su esposa.

Joaquin Phoenix brilla como nos tiene acostumbrados e imprime la cuota de optimismo (y hasta de humorismo) frente a lo que sucede, sin dejar de preocuparse por su familia y siempre manteniéndose en un personaje sobrio y medido. Tanto Rory Culkin como Abigail Breslin merecen un párrafo aparte.

Haley Joel Osment en “Sexto Sentido” y Spencer Treat Clark en “Unbreakable” lo dejaron en claro pero ambos acá revalidan la capacidad del director para trasladar perfectamente lo que quiere en los chicos, que logran hacerte creer todo su miedo en todo momento y, aún más importante, no resultan molestos. Lo que siempre puede llegar a ser un escollo en cualquier película acá resulta un placer por lo bien construidos que están sus personajes.

Lamentablemente Culkin siguió el camino de sus hermanos y nunca pudo hacer pie en la industria, teniendo como trabajo más destacado “Scream 4” (2011).

Abigail Breslin, por otro lado, siguió otro tipo de carrera y luego de su excelente debut en esta producción logró asentarse y ser parte de muy buenas producciones como “Little Miss Sunshine” (2006), por la cual hasta fue nominada a Mejor Actriz de Reparto, “Zombieland” (2009) y “Maggie” (2015), con Arnold Schwarzenegger. 

El cameo del director, que en esta ocasión no es un cameo sino un papel secundario, cumple un papel fundamental en el armado emocional del personaje principal de Graham Hess.

Más allá de que la película tenga 20 años no soy partidiario de contar detalles de las películas porque opino que siempre se tiene que saber lo menos posible, así que me voy a limitar a decir que resulta esencial para la naturaleza del relato, quedando como una pieza del aspecto humano de la trama.

Coincidentemente Night sufrió la pérdida de su abuelo el día anterior a filmar su escena de diálogo y junto a lo sucedido el primer día de rodaje, todo lo ayudó a interiorizarse en la piel de una persona atormentada y atrapada en el dolor.

Por último cabe destacar la iluminación, uno de los principales responsables de uno de los fuertes de la película: La tensión. La construcción de los ambientes en base al mencionado silencio se fusiona con la excelente disposición de sombras y luces que aprovechan el entorno al máximo.

Como mencioné en la nota anterior “Señales” se trató de la última vez que público y crítica coincidieron en que era una gran película.

Algo que a día de hoy creo que no ha vuelto a suceder de forma unánime.

Logró entrar en las listas de las mejores películas del año, además de recibir halagos por su desarrollo, construcción de climas de terror y suspenso y homenajes a distintos clásicos del cine.

Recaudó $237 millones de dólares en EE.UU únicamente sobre un presupuesto de $72 millones y logró un acumulado de $408 millones mundialmente, convirtiendose en la segunda película más recaudadora de su filmografía después de “Sexto Sentido” y hasta llegó a vender más que futuros proyectos como “Split” (2016). Logró una mayor aceptación al llegar al mercado del VHS y DVD, también.

Gracias a este resultado y al mencionado aire Spielbergiano fue apodado por la revista Newsweek como “el próximo Spielberg”. Un mote pesado que causaría que los siguientes proyectos del director no fueran tan bien recibidos.

Tardó 2 años en estrenar un nuevo film, que se llamaría “La Aldea” y que empezaría una recha adversa desalentadora.

Pero, como siempre, lo veremos más adelante.