• Crítica de The Magnificent Seven / Los Siete Magníficos
    Publicado el 22 Septiembre, 2016 por Matías Carballa

    Con el pueblo de Rose Creek bajo el mortífero control del industrial Bartholomew Bogue, los desesperados pobladores contratan la protección de siete forajidos, cazarrecompensas, apostadores y pistoleros a sueldo

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    ¿Cómo se idea la remake de un clásico del cine universal? Se podría excavar en la pregunta. ¿De qué forma se le pueden inculcar conceptos contemporáneos a nivel sociedad a un género tan conservador como el western? Antoine Fuqua, realizador con vasto recorrido y prestigio en el cine de acción, se monta al hombro este desafío con oficio para la adrenalina pero con deslices demasiado grandes que no honran al clásico de 1960, el cual, aún con la ingenuidad con la que puede verse a los ojos de un espectador actual, se acercaba mucho más a aquella crítica social y sobriedad que caracterizaba a Los Siete Samuráis, aquella obra maestra de Akira Kurosawa en la que se inspiró.

    Claro que si hablamos a niveles técnicos, estos resultan los más destacados. Una sensacional puesta en escena que alegra por ser el retorno a los ambientes naturales y homenajea al género, al orquestar grandes coreografías dignas al western, cómo debe ser. Puntualmente es este el gran logro de Fuqua, que incluso en el siglo XXI, donde el CGI y los relatos fantásticos resultan ser los pilares de la industria cinematográfica, también el cine pueda ser capaz de volver a las raíces que tanto rédito y deleite acarrearon.

    Uno de los cambios, manejado de forma acertada, es pasar de un villano pistolero y cándido a uno empresario y burgués. Bogue es también un opresor, pero a la vez un explotador, el símbolo del capitalismo que solo se preocupa por el progreso personal y que para eso debe siempre pisar a los más desfavorecidos. Si Calvera era una persona que iba al centro de la lucha, Bogue se mantiene a distancia sin mancharse las manos. Un gran giro en el guión, más acorde a lo que puede esperarse el espectador.

    Pero así como el mercado eligió a su villano, también le cambio aquel tono de unidad conformada por el septeto de hombres que existía en la versión original. El camino de búsqueda que recorren estos siete personajes siempre presenta a alguno más importante de otro. Ejemplo de esto resulta Faraday que, al ser interpretado por Chris Pratt, adquiere una preponderancia fundamental tanto para la resolución del conflicto como para la cámara -es incontable la cantidad de primeros planos del mismo, algunos innecesarios-. Ergo, estos siete magníficos parecen funcionar más como un conjunto de individualidades que como equipo.

    Siguiendo con lo anterior, parte de esto también se debe a la historia personal que conllevan los pistoleros. Dotar a los personajes de tridimensionalidad, algo que no tenían los de 1960, indudablemente va a devenir en una caracterización que provoca el favoritismo del público por alguno de ellos. Sumando a esto la pobre química que había entre los actores, para que el grupo no pudiera ser separado.

    La modificación que más polémicas ha generado fue la inclusión de una raza distinta a la caucásica norteamericana clásica. En oposición al relato original, cuatro protagonistas interpretados por Denzel Washington (que incluso es el líder), Byung-hun Lee, Manuel Garcia-Rulfo y Martin Sensmeier quieren demostrar una apertura ideológica que el mundo está pidiendo. Ahora, como se festeja este hecho, también deben saber aprovecharse estas inclusiones y que la decisión no sea incitada para mostrar esa supuesta inclusión. Es ahí donde tiene los baches el film. Estos nuevos personajes no logran ser insertados de forma adecuada, inclusive algunos de estos parecen haber sidos sacados de su ambiente y puestos en otro sin ningún conflicto por ello. Dificulta ver cómo un oriental o un indio autóctono puedan ser integrados a una cultura tan distinta a la suya sin que haya represalias con eso. O cómo un personaje negro, con la Guerra de Secesión tan cercana al contexto, se desenvuelva sin inconvenientes o alusiones a su color de piel.

    Finalmente se llega a la resolución del conflicto, tan poética y trágica en Los Siete Samuráis como en The Magnificent Seven (1960), y aquí es el cambio de tono tan discordante para los familiarizados con las anteriores como confuso para los nóveles en este relato. El matiz sombrío y realista se torna positivo, simple. La reactualización a los tiempos de hoy es un riesgo, y aquí queda demostrado. El film gana en honrar la tradición espiritual del western, por la importancia que se le da a la acción visual y la aventura. Pero pierde escandalosamente en su colorida inocencia, impropia de la actualidad donde se halla más conciencia y crítica del sistema y las narraciones.

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