Crítica de 6 Underground / Escuadrón 6

Un multimillonario genio de la tecnología simula su muerte y conforma un equipo internacional para derrocar a un cruel dictador en una misión arriesgada y sangrienta.

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Six Underground es el remate de una broma destinada a existir desde los comienzos de todos sus involucrados. ¿Qué pasa cuando Michael Bay, el director de lo excesivo, se junta con Netflix, cuya apuesta por financiar a cualquier talento que se cruce en su camino ha dado un catálogo exclusivo que, en el mejor de los casos, se puede calificar como irregular? El resultado es ver al cineasta en una veta mucho más cercana a Bad Boys 2 o Pain and Gain, donde la libertad creativa hace que lo grotesco se alinee con lo pueril, concibiendo un entretenimiento que en todo momento es ruidoso y sumamente ambicioso. ¿Deseaban ver a la mente detrás de Transformers sin tener que preocuparse por su público? Ha llegado el momento.

Para Bay, la pompa se debe hacer presente desde el primer momento. Por eso sus primeros compases, que van al ritmo de «Dig Down» de Muse, presentan a un Ryan Reynolds -quien sigue en el mismo papel de siempre- que conduce un avión que va de magnífico escenario A al B, hasta que culmina en la «muerte» de su protagonista. Pero todo tiene su razón de ser: el personaje del también actor de Deadpool, un acaudalado multimillonario, únicamente fingió su fallecimiento para tomar la justicia por sus propias manos, utilizar sus recursos para hacer del mundo un lugar mejor y, para el beneficio de la película, hacer explotar todo en el camino. Es así que, sin perder tiempo, se pasa a la primera set-piece, una sangrienta y muy ácida persecución por las calles de Italia, misma que funciona para establecer el desvergonzado tono de la película e introducir a sus personajes, otros cinco «fantasmas» que dejaron atrás su vida.

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Que el libreto escrito por Paul Wernick y Rhett Reese no tenga el más mínimo sentido es algo que debería sorprender a pocos. Plantea una situación descabellada y afirma que se resolverá de cierta manera, y el camino para llegar entre ambos puntos es uno sin sorpresas, desvíos o alteraciones. Se le puede atribuir que entrega exactamente lo que promete: una misión donde seis carismáticos personajes detendrán a un soso antagonista, quien viene en forma de un frío dictador que tiene a su pueblo controlado por el miedo. Se hace un intento por explicar de dónde viene cada uno de los miembros del equipo, y aunque segmentos como los de de Ben Hardy y su «Cuatro» -cada uno es un número distinto- están cargados de adrenalina, hay otros como los dedicados a Mélanie Laurent (Dos) y Manuel García-Rulfo (Tres) que aportan poco o nada.

Pero nadie quiere ver una película de Bay por su guion, y si se considera que Six Underground es un espectáculo impulsado por más de 150 millones de dólares -es una de las películas más caras de Netflix-, el resultado cumple con creces. El cineasta americano es uno que siempre ha intentado hacer lucir a cada plano como el más caro y espectacular de la historia, algo que impulsó su carrera como director de publicidades y que, como realizador de cine comercial, le da un inspirado estilo que rara vez se encuentra. Su estilo sigue siendo caótico, pero que las cámaras sean más estables que nunca, así como un muy agradable uso del color, hacen de sus escenas de acción algunas de las más sólidas en su explosiva filmografía. La combinación de tiroteos, peleas cuerpo a cuerpo y parkour es genuinamente impresionante, y ayuda que el CGI sea prácticamente imperceptible.

¿Es Six Underground la mejor película de Bay? En ningún momento parece que esa sea su intención, pero sí que es, al menos desde aquella secuela protagonizada por Will Smith y Martin Lawrence, la que combina con mayor habilidad a las peculiares ambiciones del cineasta con el gran presupuesto. Sus personajes -si es que se les puede llamar así- son agradables y su acción está a la altura, con lo que la primera colaboración entre Netflix y el señor de las explosiones -una dupla que probablemente repita en un futuro- es un entretenimiento que jamás oculta lo que es: un cómodo viaje con grandes vistas y poca turbulencia.

6 puntos