Crítica de Ficción privada

Andrés Di Tella reconstruye la historia de sus padres a través de un conjunto de antiguos escritos y fotografías, a la vez que rememora su vínculo con ellos.

Ficción privada, Andrés Di Tella

Existen algunas creencias en torno al ejercicio de tomar fotografías, un tanto vetustas pero a la vez considerables, que lo consideran como un procedimiento mediante el cual se extrae una fracción del alma de aquello que es fotografiado. Sumado a esto, podemos sostener con mayor certeza que cada imagen se erige como un material resistente, como un recorte capaz de retrotraernos a historias conocidas, pero a la vez habilitar múltiples especulaciones cuando la mirada parte de una posición de ajenidad. Si pensamos además en las fotografías impresas -más típicas del siglo pasado- también es crucial el valor testimonial que se esconde en ellas en tanto objetos -en su dimensión física y en los instantes capturados-. En definitiva, podemos afirmar que las fotografías -como las cartas, los videos y las diapositivas-, configuran experiencias parciales. Nos devuelven un fragmento que nos puede poner de frente a un melancólico vacío, pero también nos permiten alimentar la inventiva y especulación ficticia a partir de sus misterios.

Andrés Di Tella (Prohibido, Fotografías, 327 cuadernos) se sirve de la correspondencia y los archivos familiares en pos de reconstruir la historia de su padres, Torcuato y Kamala. Recorremos, de esta manera, las experiencias de la pareja -su primer encuentro, los viajes que realizaron, su compromiso político, los conflictos que tuvieron que atravesar-, pero a la vez nos aproximamos al espíritu del siglo XX, marcado por la revolución sexual, las rupturas con los mandatos familiares, la militancia, la intelectualidad, el cosmopolitismo y, por supuesto, por cierta frustración hacia el final. De todos modos, cabe aclarar que no solamente estos factores le permiten al realizador sostener la idea de que en las vivencias de sus padres se vislumbra la fábula del siglo pasado. La empresa de la familia Di Tella, llamada SIAM, fue una de las más importantes de la Argentina entre 1917 y 1940 -año en que llegó a consolidarse como la compañía metalmecánica más grande de América del Sur-. Al mismo tiempo, su padre llegó a ocupar los cargos de Secretario de Cultura de la Nación y de Embajador de Argentina en Italia. Por ende, a pesar de que el documental se centre en una faceta más bien sentimental e íntima, también es evidente que no se trata de una historia del todo anónima. En este sentido, la decisión del director de no hacer mención al rol político de su padre resulta provechosa -por la demarcación que le ofrece a la trama, y a la vez por la fuerza poética de esa omisión.

Ficción privada, Andrés Di Tella

La construcción del film también suscita una serie de consideraciones. La voz en off empleada para narrar las vivencias de Kamala y Torcuato, y a la vez como medio de lectura de las cartas y de reflexión en torno a estas, le permiten a Di Tella eludir la posible monotonía del recurso. Por supuesto que debemos destacar aquí tanto a Denise Groesman y Julián Larquier Tellarini -encargados de poner voz a las palabras escritas de Kamala y Torcuato, respectivamente-, como a Edgardo Cozarinsky -quien participa aportando lecturas e ideas sobre lo que consiste revisar y exponer el pasado-. Tanto en el momento de la interpretación de sus roles como durante los ensayos, los vemos comprometidos con los materiales y, a la vez, conmovidos con su contenido. Del mismo modo, la puesta en pantalla de los momentos de discusión en torno a los posibles secretos detrás de cada documento, como también del making off de algunas escenas, dan cuenta de ciertas limitaciones, pero también dejan entrever el estado de duda e incomodidad detrás de la realización -sentimiento que es expresado por el propio director-.

De la misma manera en la que el documental logra transmitir su vitalidad y el ánimo errático de quien la dirige a través de sus propios procedimientos, también vale decir que la emotividad brota de las anécdotas y las memorias que se recuperan. Las reflexiones del realizador en torno a la energía mortuoria y la situación de angustia que le produce el encuentro con su pasado refuerzan la contradicción que él mismo parece transitar -entre el disgusto nostálgico y el compromiso asumido con «sus muertos»-. Sin embargo, la tensión crucial se presenta en el hecho de dar a conocer una historia privada que no cuenta con el permiso de sus personajes principales. La idea de declarar sus inquietudes, pero al mismo tiempo no detenerse en la elaboración del film posibilita esa fusión entre el costado introspectivo y la mirada crítica. Paralelamente, Di Tella se permite cuestionar el hecho de que sea él, en tanto hijo, quien narre la historia de Kamala y Torcuato. A diferencia de lo que ocurre con la información en torno al líder de la Revolución Haitiana mayormente brindada por sus enemigos -como nos enteramos por las cartas de Torcuato, quien estaba interesado en este acontecimiento durante su juventud- aquí los datos son brindados por un «aliado» de los protagonistas, o sea por una mirada condicionada.

El ejemplo de la mencionada Revolución Haitiana como recuerdo que le sirve al narrador para pensar la ficción en proceso y como excusa para ordenar los sentimientos en juego, no es el único importante en el film. Tal vez el más preponderante sea el del encuentro con un antiguo violín en una exposición de un museo a la que asistieron los padres del director. Según nos enteramos, Kamala se pregunta qué pasaría si alguien intenta tocar ese viejo instrumento ya deteriorado con el paso del tiempo, sí el hecho de romperlo también deshace el pasado que contiene. Podemos pensar que allí se juega la propia apuesta de Ficción Privada. Una obra en la que la búsqueda y los interrogantes valen más que las certezas. Di Tella transpone con pericia su fragilidad y sus titubeos frente a los recuerdos visuales y escritos de sus padres, pero a la vez aloja sus ansias de proyectar hacia el futuro al compartir su trabajo y sus pareceres -y algunos momentos en pantalla-, con su hija Lola. Sin duda alguna se trata de una propuesta en la que convergen el valor histórico, poético y político, y en la que a la vez se conserva el pulso latente de un pasado que parece resistirse al olvido.

8 puntos