Crítica de Titane: una perturbadora oda al transhumanismo

La directora de Raw regresa con su segunda película, la ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes.

¿De qué va? Narra la historia de Alexia, una joven que, tras sufrir un traumático accidente, comenzará a sentir una extraña atracción hacia los automóviles, lo cual culminará en una inhumana transformación que nadie se espera.

Luego de su sorprendente cinta de terror caníbal –Raw (2016)- la cineasta francesa Julia Ducournau vuelve al ruedo con otro brutal, perturbador y polémico filme que, para bien o para mal, no dejará a nadie indiferente. Nos referimos a Titane, una surrealista obra posthumanista que comienza como un relato que enaltece -cual vanguardia futurista- el poder de la máquina, para ir mutando en una historia más humana, en donde la familia se convierte en el tema central, sin que esto signifique que la obra deje de ser desgarradora.

Titane, se convierte -para Ducournau- en un espacio idóneo para que el cuerpo sea utilizado como medio de expresión terrorífico, enfatizando que los cambios -muchas veces- se evidencian en una sumatoria de horrores que muestran nuestra fragilidad como seres humanos.

Así nos encontramos con una historia contada en dos niveles. En su primera media hora, una pequeña Alexia (Adèle GuigueI) sufre un traumático accidente automovilístico que la llevará a tener de por vida una placa de titanio en su cráneo. A partir de este accidente, Alexia -aparentemente- comienza a tener una extraña fascinación por los automóviles y esto se evidencia -aún más- cuando observamos, años más tarde, que Alexia -interpretada por la modelo y actriz Agathe Rousselle– trabaja como bailarina exótica en una feria de automóviles.

Aunque en esto primeros minutos no vemos nada realmente extraño, más allá de la extravagante actitud de Alexia, al poco tiempo sabremos que ella no sólo es una bailarina exótica fanática de los automóviles, sino que se siente atraída sexualmente por ellos y, además, resulta ser una asesina en serie, siendo esto lo que detona la segunda parte de la historia.

En vista de que la policía comienza a buscar a Alexia, por todos los asesinatos perpetrados, con la finalidad de escapar ella decide asumir la identidad de Adrien, un joven que había desaparecido años atrás, siendo esta decisión la que la llevará a conocer a Vincent (Vincent Lindon), un padre desesperado que verá en Alexia -ahora Adrien- una esperanza para continuar con su desolada vida.

Sin embargo, mantener la tapadera de Adrien resulta para Alexia cada vez más difícil y traumático, puesto que su cuerpo comenzará a sufrir extraños e inhumanos cambios, producto de un extraño encuentro sexual llevado a cabo en la feria de autos.

En este punto, se evidencia -claramente- la influencia que el cine de David Cronenberg tiene en la obra de Julia Ducournau, no sólo por exhibir imágenes que enaltecen el body-horror, sino por ofrecernos una historia donde la mutación del ser humano es esencial para avanzar, en este caso desde una perspectiva transhumana, en donde la maquina y el ser humano se mimetizan en una sola entidad.

Titane resulta ser una obra surrealista, extraña, atrevida, una experiencia inquietante para los sentidos, que se convierte en un visionado obligatorio para todos aquellos que aman los títulos cinematográficos caracterizados por ser transgresores, originales, a los que puede adjudicárseles la etiqueta de cine de culto.

Asimismo, lo anterior se ve consolidado por un espectáculo visual -a cargo del cineasta belga Ruben Impens (Raw, Beautiful Boy)- donde los primeros planos y exuberantes colores son fundamentales para activar los sentidos del espectador. Basta con ver los primeros minutos del filme, cuando unos planos detalles, a través de un montaje muy clipero, nos muestran -casi con sensualidad- las piezas -tubos y engranajes- de la parte inferior de un automóvil. Todo esto acompañado de una extraordinaria banda sonora -a cargo del compositor británico Jim Williams (Possessor, Raw)- que se mimetiza adecuadamente con cada plano que se nos presenta.  A través de sonidos oscuros, cantos guturales y sonidos tenebrosos generados con sintetizadores, Jim Williams no hace más que introducirnos en una experiencia sensorial. A todo esto, es oportuno señalar que otro gran acierto narrativo de Titane, es que la cinta no requiere de un excesivo uso de escenas gráficas desgarradoras y explicitas para transmitir su mensaje más perturbador. Ducournau logra ser cuidadosa en este sentido, evidenciando que no se necesitan litros de sangre, ni cuerpos explícitamente mutilados para mantener al espectador verdaderamente aterrado en su asiento.

También, vale destacar las increíbles actuaciones de Agathe Rousselle (Alexia) y Vincent Lindon (Vincent), quienes logran compenetrarse de tal manera que aportan sensibilidad al filme. Asimismo, ambos ofrecen sus cuerpos como espacios narrativos que demuestran las fragilidades que pueden existir entre el cuerpo femenino y el cuerpo masculino.

Evidentemente, todos estos aspectos hicieron que Titane se hiciera merecedora de la Palma de Oro en el último festiva de Cannes. Sin embargo, debajo de tanta originalidad y osadía es importante destacar, a sabiendas de que puede ser un comentario impopular, que Titane, a pesar de presentar un argumento llamativo, posee un guion verdaderamente caótico, la historia que tratan de contarnos se pierde en sus propios giros, muchos argumentos quedan inconclusos, haciendo que algunas resoluciones carezcan del ingenio que nos promete esta nueva obra Julia Ducournau.

Pero más allá de esto, Titane sigue siendo un filme que te mantiene enganchado, te aterra y te hace reflexionar sobre el ser humano, siendo esto una suma de aspectos positivos que hacen que la cinta merezca su visionado, especialmente -como ya dijimos- para aquellos que aman las películas de culto, aquellas obras difíciles de calificar y que, evidentemente, no son obras pensadas para ser “disfrutadas” por cualquier espectador.

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